LEE UN RELATO AL AZAR


Ver una entrada al azar

viernes, 18 de enero de 2013

CRÓNICA ANTIGUA QUE ENCONTRÉ EN UN CAJÓN (António Lobo Antunes)


La casa se va vaciando poco a poco y comienzan a faltar personas y cosas en las salas que aumentan de tamaño. Aumenta también la sombra porque hay habitaciones que han dejado de abrirse y en donde el aire se ha detenido. Aunque no se llenen de polvo parecen muertas, los muebles que quedan inmóviles y dignos, una fotografía con una sonrisa que no se dirige a nadie, ojos que han renunciado a alcanzarnos, indiferentes. ¿En qué sitio viven ahora? En la pared, un cartel con mi retrato de hace siglos, una de esas giras de lecturas por Alemania: estoy apoyado en la fachada de la catedral de Colonia y debe de ser verano porque el sol me da en la cara. Otro retrato mío con escritores. El soporte de las pipas de mi padre. Me llevo una de ellas a la boca y me dan ganas de verme en el espejo así: ¿me pareceré a Sherlock Holmes? ¿Al comisario Maigret? ¿A un filatelista inglés? Los hombres con pipa adquieren un aspecto concienzudo y me gustaba verme con un aspecto concienzudo, responsable y serio. Un demonio interior me informa de que nunca lo tendré: ha de haber siempre no sé qué de chico irremediable en mi apariencia, la sospecha de un tirachinas en el bolsillo, cigarrillos clandestinos. ¿Tú no vas a crecer nunca? Huelgan las preguntas: no crezco. Ganas de dar puntapiés en latas, de contar el número de pasos de aquí a la higuera y, si acierto, me ocurrirá algo estupendo esta semana. Comenzar un libro, por ejemplo. Pero he acabado un libro y aún no tengo fuerzas para escribir. Tal vez en verano, o a principios del otoño. Por ahora lo que poseo es una fluctuación vaga que no cristaliza ni cobra sentido. Leo más, me siento, me levanto, me aburro.

La culpabilidad sin motivo de costumbre. La dueña del restaurante me deseó un buen fin de semana. Le pregunté

-¿Tuvo alguna vez un buen fin de semana?

y se quedó meditando, como quien investiga. Había dos perdigueras en la acera, madre e hija. No comprendo por qué los perdigueros me recuerdan a huérfanos resignados.

Por consiguiente, la casa. En consecuencia, diría el tío Eloy. Jugaba a las cartas los domingos. No he conocido a nadie con la barba tan bien afeitada. Si no tenía en la mano una gran escopeta suspiraba invariablemente.

-Hace muchos años que soy alguacil y nunca he visto nada igual

y los peces del lago desfallecían por el calor. Sus bocas, asmáticas. El molino del pozo, parado, con el timón en busca de vientos, chirriando. El reloj de péndulo, en medio de la escalera, balanceaba asuntos suyos, panzón y solemne. Me gustan los relojes panzones: no tienen prisa, pasan horas lentísimas, nos dan esperanzas más largas: no vamos a ser grandes, no vamos a ser viejos. El problema es que las horas de los relojes panzones son diferentes de las horas de los relojes de pulsera, empujándonos frenéticas. No uso reloj de pulsera para que no se impaciente conmigo

-¿Y?

arrastrándome hacia la mañana, que lo parta un rayo. Quieren llegar en un instante al Juicio Final, cuando Dios separe a los justos de los pecadores. ¿De qué lado quedaré? ¿A la derecha, a la izquierda? Uno o dos peces flotan en el lago, panza arriba. Doblaba un alfiler a modo de anzuelo, le clavaba una bola de miga de pan, lo ataba a una cuerda y nunca llegué a pescar ninguno. Nunca llegué a cazar tampoco. Mentira: poníamos un farol en un jeep, por la noche, y andábamos por el bosque sin rumbo detrás de antílopes sable, disparando ráfagas. Las pupilas de los animales, rojas en la luz. De vez en cuando pillábamos un asno salvaje o algo así. Lo que hoy me asombra es que no nos pillase a nosotros alguna mina o algún grupo del Movimiento Popular de Liberación de Angola. No me acuerdo de a qué sabía aquella carne. Debo de estar a la izquierda de Dios, en el grupo de los pecadores, por haberme liado a tiros con los asnos salvajes.

El primer sargento

-Los señores oficiales no están bien de la cabeza

y volvía a su barraca a hacer cuentas. Pasaba treinta veces al día delante de mí y cada una de las treinta veces, venía. Disculpe, primer sargento. Era sólo un pobre diablo atormentado por la úlcera. Le daba unas pastillas y él se ponía blanco de la angustia. Sudaba a raudales el pobre:

-No tengo edad para esto

así como yo no tengo edad para ver que la casa se vacía poco a poco. Apenas vuelva en mí, seré una sonrisa en una fotografía que no se dirige a nadie:

-¿Quién era aquél?

y ni una fecha, ni un nombre en el reverso:

-Yo qué sé, un tío cualquiera.

En cuanto vuelva en mí, eso es lo que seré: un tío cualquiera, un abuelo cualquiera, un primo cualquiera, un asno salvaje huyendo por la hierba. Buen fin de semana, António Lobo Antunes: cuando estés mejor de ánimo, silba.

No hay comentarios:

Publicar un comentario