Un cuento es un sistema cerrado y perfecto: la serpiente mordiéndose la cola. (CORTÁZAR)
miércoles, 4 de junio de 2014
NO TENGO MADRE (Marcos Winocur)
Le faltaron unos meses para centenaria, pobre, su sueño fue no dejar este mundo sin ser precedida por su hijo, a quien adoraba, pero fui un egoísta, lo reconozco, no me dejé. Es curioso, la muerte de los seres más cercanos, con quienes nos unen lazos de sangre y se ha convivido por años, despierta encontrados sentimientos. Voy a dar un ejemplo, tomado de la literatura contemporánea. El Ama, personaje del teatro lorquiano, de la obra Doña Rosita la soltera, evoca así los hechos dolorosos de su vida:
Cuando enterré a mi marido, lo sentí mucho pero tenía en el fondo una gran alegría, alegría no… golpetazos de ver que no era yo. Cuando enterré a mi niña, fue como si me pisotearan las entrañas.
Esto viene a cuento de mi madre, ahora verán; y asociado a un hecho que se remota a la infancia. Todavía me cuesta referirme al triste asunto: mi abue y mi jefa no me dejaban comer queso sin pan y tampoco jamón sin pan. Estoy consciente de que las interpretaciones psicoanalíticas están a la orden del día, y fácil me sería echarles la culpa de cuanto me ha salido mal en la vida, y que no es poco. No se trata de eso, al punto que, déjenme decirles, en cuanto pude, me harté de jamón sin pan y de queso sin pan… ¡y no supieron a nada en especial! Faltaba aquello que yo agregaba: el sabor de lo prohibido, mucho mejor imaginarlo que gustarlo… cuando deja de ser prohibido.
Debo decir también que mi padre no estaba conforme con el veto; toda vez que podía robaba jamón y queso para comérselos sin pan, aprisa, que no lo vieran, metida la cabeza dentro del refri y luego sacándola cubierta de escarcha, y a los estornudos. Yo admiraba a mi padre por su osadía, nunca me atreví a tanto. De todos modos, marido e hijo compartíamos la prohibición caídos en igual rasero de niños traviesos, y esto mereció un castigo anticipado: mi madre nos juró que, si le tocaba en suerte asistir a nuestros entierros, lejos de sentir que “le pisoteaban las entrañas”, más bien optaría por “una gran alegría, alegría no… golpetazos de ver que no era yo”.
Bueno, la historia del jamón y queso corresponde a Marcos niño, en tanto que a Marcos adolescente todavía le fue peor, lo voy a contar también. Mi progenitora, advirtiendo raros movimientos en la ruta que conducía al cuarto de la sirvienta, le dio por montar guardia, cortándome el paso. Sí, un día que yo subía las escaleras sigilosamente, de pronto una sombra se echó sobre mí, escoba en mano y chillando:
-¡Vade retro! ¡Cochino pecador! ¡Vade retro!
Lo de cochino estaba claro, lo de pecador no tanto, seguramente el ¡vade retro! era el arma letal del discurso. Y bien, ya vaderretriaba yo, pegando media vuelta hacia mi cuarto, dispuesto a hacerme una furiosa chaqueta mientras maldecía a la autora de mis días. A la mañana siguiente a primera hora, la sirvienta era corrida bajo el cargo de pervertidora de menores, sin que valieran sus protestas de inocencia. Años después, recordando el incidente, mi progenitora me pidió disculpas, sólo obedecía órdenes de mi abuela, dijo; sin darse cuenta que, para aquel entonces, mi abue había muerto.
Salvo las dos inflexibles prohibiciones -queso y jamón sin pan, y nada de visitas a las sirvientas-, mi progenitora era un ser en la media normal de locura, una madre ecléctica, si se quiere. Un día armada de comprensión, al siguiente represiva, un tercero cariñosa, un cuarto distante; la mayor parte de las veces en este último estado. Y bueno, debo reconocer que yo era un niño caprichudo, travieso y desobediente, salvo en el affaire jamón-queso, que en mi niñez nunca me atreví a comer sin pan.
Y bien, pasaron los años, me establecí en otro país, lo más lejos posible de aquel hogar cuya locura no era compatible con la mía. Le faltaron unos meses para centenaria, un día mi madre cayó en coma, sólo interrumpido por raros momentos de lucidez, cuando invariablemente exclamaba:
-¿Y dónde está mi hijo? ¿Es que va a dejarme morir sin siquiera venir a verme por última vez?
En varias ocasiones hice las reservas de vuelo, y en otras tantas las cancelé. Me decidieron los amigos, escandalizados de que yo dudara. Ya deberías estar allá, me decían a coro. Y seguidamente pasaban a relatar sus propios casos, cuando, anoticiados de la enfermedad grave o de la muerte de sus madres, partían hechos la mocha, mientras que a mí me valía madres. No lo podían creer. Y cuanto más me presionaban, más yome emperraba:
-Pues no voy.
-Pero ¿Por qué?
-Porque no me da la gana.
-Pero (a los gritos) ¡¡eres su hijo!!
-Y eso ¿qué? Ya me tienen hasta la madre con mi madre, se meten en lo que no les importa, no tienen idea de cómo ha sido nuestra relación, del jamón con pan que me comí, del queso con pan que me comí…
No me escuchaban, no me dejaban terminar, y era chistoso: me mandaban a verla, ya no como buen hijo, sino con un objetivo incalificable:
-¡Vete a chingar a tu madre!
Una vez, uno de mis amigos, que todo el tiempo había conservado la calma, me llamó aparte, diciéndome:
-Oye, no te ofusques, lo hacemos por tu bien, tú, en el fondo, adoras a tu mamacita y después te vas aarrepentir… te entrarán remordimientos, ya sabes: madre hay una sola.
-¡Menos mal…! –no pude evitar interrumpirlo.
El cuate se puso todo rojo y acabó como los otros:
-¡Vete a chingar a tu madre!
Huelga decirlo, perdí a casi todos mis amigos y mucha gente dejó de saludarme. Pero valió la pena. Fue la gran desobediencia: a mi propia jefa, la familia, los amigos, los vecinos que siguieron el caso “desde cerca”, la “opinión pública” pues, a cada persona que se lo contaban, se agarraba la cabeza escandalizada. Finalmente, tras tres meses de coma, murió mi progenitora. Ese día, a mis setenta años de edad, quedé huérfano. ¿Y cuales fueron mis sentimientos? Otra vez el referente es la lorquiana Ama: “una gran alegría, alegría no… golpetazos de ver que no erayo.” ¿Qué quieren? De tal palo, tal astilla.
Y ahora, al escribir estas líneas haciéndolo partícipe al lector, es cuando siento que por fin concluye la ceremonia del duelo y alcanzo mayoría de edad.
¿O sigo siendo el mismo niño desobediente de siempre, encantado de sus travesuras, cuanto más crueles tanto mejor?
No tengo madre, como dicen los mexicanos.
ENTREVISTA A FONDO CON UN ROCKSTAR (Juan José Becerra)
¿Cómo estás?
Essteeeeeaaa… Bien, good, brother. Lo importante es la salud, y un techo, como dice mimamma. Fue un mal momento, nada más. Todo pasa. Vos te vas a ir en un rato y yo no voy a saber qué pasó esta tarde. Para mí no existe la memoria, ¿si?; existen las puertas, y uno las va atravesando, una a una, hasta que llega la del cielo. Ahí pasás o no pasás: como en el boliche. Pero yo voy a ir al cielo. ¿Conocés las puertas de William Blake? ¡Maestro! Yo tengo la llave de esa puerta, the key of the door in the sky, y una vez que la pasás no podés retroceder. Pero, ojo, no te lleva al Inferno de mi caro Dante, la testa di Firenza, te lleva al bien personal, al Bien Propio. A bien propio ponelo con mayúscula. Ya te tiré el título: Un artista del bien propio. ¿Qué tul? Lo demás me chupa la pija.
¿Te sentís perseguido?
No, man, perseguido se sintió Cristo porque tenía ideas para los demás. No es por nada, pero perseguido por los moishes se sintió. La típica jugada de esta gente: primero te beso, después te la deslizo adentro: doblada, y circuncidada. Mejor no me hagan hablar. Pero yo no quiero un mundo mejor, no me importa el marchandesing del bien como a esos putos de Humanoides, con las minitas tocándose la argolla en la puerta del hotel: “¡Te amo, Rusty!”, “¡Soooy humanoide, es un sentimientooo…!”, y toda esa mierda histérica que se arma para que el Rata Salessi mande una cámara y arme ese programa pedorro de los martes. A mí nadie me persigue porque no tengo decálogo, ¿okey? Los que me siguen son los paparazzi, esos que cuando vas caminando y se te cae un sorete al piso, lo levantan y se lo mastican.
Uno de ellos dijo ayer que lo golpeaste.
¿Quién?, ¿yo? Nada que ver… Pará, pará, primero decime de quién estamos hablando. Hubo uno que se me puso adelante y lo pisé. Sin querer. ¿Está? Yo salía de Glorificationy el putazo me dio con el flash en los ojos. Lo único que hice fue tratar de no caerme de la moto, que es una Harley, te digo por si no sabés. ¿O no tengo derecho a…la estabilidad? Supongamos que vos ahora querés ir al baño.
…
Decime: “¿puedo pasar al baño?”.
…
¡Dale, pelotudo, preguntame!
¿Puedo ir al baño?
“Sí, cómo no”, te digo yo. Y me pongo adelante, y vos me querés esquivar y yo me meto en tu camino, y así varias veces. Decime. A ver. ¿Qué me tenés que hacer?
No sé. ¿Qué tengo que hacer?
¡Me tenés que matar, papá! ¡¿Qué vas a hacer?! Dicen que le pateé la cabeza. Calzo cuarenta y cuatro. Le llego a pisar la cabeza con estos timbos y no se la encuentran más.
Tiene fractura de cráneo.
Y a mí qué. Se habrá caído solo.
¿Qué hay de cierto sobre lo que se dice la grabación de Malasangre en creolés?
Fue una idea que surgió cuando hicimos la gira por Haití y República Dominicana.Malasangre tiene algo de rap, hip-hop y ese raggae de los Father Duvalier, Lamento macoute, algo que para nosotros es un himno a la cosa negra, a la profundidad. Es el ojete de la condición humana. Algunos nos acusaron de fascistas por haber adaptado algunas ideas del tema original, eso de que “la justicia está en ti/sólo tienes que aplicarla”. Pero no hubo traducción directa porque no conocíamos la lengua de estos grones. Lo que hicimos fue respetar el ritmo creando una letra nueva, algo que hablara de la crisis del Poder Judicial en la Argentina, del Juez ese al que filmaron mientras se lo fondeaban en la planta alta de Roma y cosas de esa naturaleza. Ahora decidimos con Daddy hacer una traducción literal de esa lírica y, al mismo tiempo, editar un álbum que pueda devolverle a los haitianos lo que nos dieron durante esos seis meses inolvidables que pasamos en Puerto Príncipe.
En una entrevista dijiste que después de tu experiencia en Haití te sentiste “negro”.
¿Yo dije eso? Yo no dije que me sentía “negro”. Dije que me sentía “oscuro”.
¿Qué significa eso?
Significa que la oscuridad habita el corazón de todos los hombres. Esto lo vemos en Poe y también en Ritos, el bonus track de Malasangre. Cuando yo digo: “Corazón, corazón, tu sangre oscura aclara/ el panorama/ de la noche en pañales”, lo que quiero decir es que la oscuridad del alma es ese espacio donde se aloja la virtud del hombre. A algunos se les da por la caridad, a otros le pinta matar al vecino, ¿viste? Es así. En ambos casos se utiliza a full la libertad. El mal puede ser una virtud, y eso es algo que cualquiera puede ver saliendo una noche en Puerto Príncipe. Bajás a cualquier sótano y ves a veinte o treinta morochos rodeando al verdugo purificador que degüella al poyito bebé. Hay un blues de Rico Marciano que habla de eso: Barbacoa chicken´s. Por ahí los argentinos no lo entendemos, pero ese hombre que te mata al pajarito con el Tramontina está construyendo un bien colectivo, porque en este país de ignorantes nadie sabe que en Haití también existe el Tramontina con mango de madera. Así nos va. No sabemos reconocer a Haití. Por suerte todavía hay gente que puede dar un testimonio de otras culturas. Bueh. Lo que te quiero decir es que en cada gota de sangre hay una vida nueva.
¿Qué hay de cierto sobre los rumores de separación de Animales Sueltos?
Es muy difícil que Animales se separe, aunque creo que los rumores surgen porque estamos siempre en crisis. Artística, se entiende. Esa es nuestra manera de crear. La anarquía nos da pilas, el bardo nos mete presión para que cualquiera de nosotros vea a un viejo en una silla de paja rascándose los huevos como en ese cuento tan famoso, y te componga un hit sobre el desprecio del gobierno a los jubilados. Pero ojo que no te hacemos un corte de difusión con cualquier cosa. O sea: no podés hacer un temita sobre un viejo que se hace la paja sentado en una silla de huevos, sólo para hacerte el surrealista, ¿cachay? Fijate esta casa. Esta es nuestra home, sweet home del instante inspirado. Instante eterno, ¿se entiende, no? Somos nueve y ahora se va a sumar Mavy Richen en voz porque yo ando medio hecho mierda. No sé: me parece que no la pegué con la fonoaudióloga. Así que vamos a hacer diez: nosotros nueve y ella. Esas son las reglas: para ser un animal, tenés que vivir como un animal. A este quilombo que ves en la casa yo lo llamo comunión. A comunión ponela con mayúscula: Comunión. El aire que respirás está producido por el conjunto, es de todos y de ninguno, como un sampleo. Puede ser que haya un poquito de olor a concha porque ya hace una semana que Mavy se mudó acá y tiene hábitos medio especiales, viste. Siempre vivió sola, sin lavarropas, yo qué sé. Lo cierto es que nosotros somos las únicas personas, en este país de cuarta, capaces de crear un mundo propio: el Estado Animal.
¿Por qué te distanciaste de Daddy Caggiano?
Yo no me distancié de nadie. Lo que ocurrió fue que la prensa interpretó una letra mía como una declaración d’amour a Tita, la mujer de Daddy. Pero hay algo que nadie sabe y es que con Tita somos amigos de la infancia, desde mucho antes de que ella conociera a Daddy en La Falda ’89. Yo le dediqué Tita en Rodhesia y los críticos, que no saben ni tocar el timbre, empezaron a hablar de que Tita y Daddy se habían separado por mi culpa. Nada que ver. Somos tutti amicci.
Pero la letra era fuerte. El estribillo decía: “milk in your face/ milk in your ass, honey”.
No entiendo por qué no puedo pensar en garcharme una putita, escribir poesía y dedicársela a una amiga de la infancia. Además, ese estribillo, como vos bien decís, no decía my milk, sino milk. Pero para entender lo que digo, hay que entender el carácter simbólico de la poesía. La poesía sucede, man.
Pero vos y Daddy se golpearon en una gira por eso. Recordarás aquel informe de Garage. Además, hay quien dice tener una filmación de la discusión anterior a la palea.
Nada que ver.
¿Por qué se golpearon?
No comment…
¿Es verdad que echaste del grupo a Perico Stilman porque reconoció en una entrevista que era homosexual?
Por judío lo eché. No, en serio. El tipo tenía la cabeza llena de ácido. Aunque tocáramosZamba de mi esperanza él siempre se mandaba con solos de acid house y esas mierdas comerciales. Te estoy hablando de giras en el interior, donde los chacareros se bajaban del tractor y se metían a vernos en el teatro con la bosta pegada a la alpargata. La cosa no iba más con esos detallecitos pelotudos de trip hop cada vez que tenía que mover los dedos, que además los tenía agarrotados por la merca que tomaba. Digamos: que toma. El hecho de que se la masticara me tiene sin cuidado, aunque todo el mundo sabe lo que pienso: el pitulín lo hizo Dios para clavar nenas.
Hay un tema tuyo en Mala sangre, Techo de zinc, que parece una parodia de La marcha peronista.
No entienden nada. Los críticos tienen que ir a la escuela, viste. Si no… Este país está hecho mierda culturalmente hablando. Esa música es una versión trance, quebrada por cierta cosa jungle que se oye de fondo, como si los humanos tuviéramos ese deseo primitivo de volver a ser lo que verdaderamente somos: simios. Está tomada de una marcha irlandesa que pesqué en el cable una noche que no me podía dormir. Suena como una drum’ n’ bass revisitada por algún cabeza de ñoqui de la villa. La idea de la lírica es que el villa está en la lona, o tratando se subirse a la lona, pero busca salir combinando su cultura con la de la burguesía. El negro tiene billetera y usa perfume francés trucho, para hacerse el internacional. Y sale a la conquista. Se sugiere que lo tiene enfermo una perrita del centro, la hija menor de un milico, ese tipo de pendejas que crían las mucamas. La chiquita es medio cheta pero también es medio snob, y medio puta, porque si no no se entiende que una cheta se meta con un negro. ¿Es así o no es así? Es así, papá. ¿O no? El negro tiene un aire a Willy Grant, con esas rastas que no se lava nunca, envuelto en el humo de unos fasos tipo misil que son la razón de su dolce vita. Pero si te fijás bien vas a ver que la letra no es una parodia sino una crítica de los falsos ideales de La marcha peronista. Donde la marcha dice: “por los principios sociales”, yo digo: “per il amore escenciale”. Es la única frase en italiano, una declaración de principios hecha en la lengua que hablaban Romeo y Julieta, y también El Bati: tremendo goleador. Tremendo. Te mataba. Yo te digo que lo ví jugar y era un animal. Recibía y ¡pa! Pero no nos vayamos por las ramas. Te quiero decir que no hay posibles colectivos sino individuales; y en cuanto el techo de zinc del título, lo que quise fue darle un toque escenográfico fuerte. El zinc es el material más representativo de esas construcciones que en la villa se hace con las manos, como se hacen las cosas verdaderas de la vida. La paja, por ejemplo, el faso… No, en serio. Pensándolo así, se me ocurre que mi canción es más peronista que esa marcha de mierda que cantan los bolivianos y los paraguayos sin saber qué dice.
¿Qué tiene que ver ese tema con tu vida privada?
Mirá, a mí me parece que vos… Si lo decís por mi relación con Susan Serraf, nada. Primero que yo no nací en ninguna villa. Hay que informarse antes de hablar, ¿si? Nací cerca de Retiro pero no soy un villero, aunque, ojo, tengo amigos, casi hermanos te diría, que nacieron ahí. Charlie Zaparat, el bajista de Demonios nació ahí. En cuanto a Susan, no es hija de militar sino de un comisario de la federal: Rafael Ovidio Serraf, o Matraca, el del Operativo Café Blanco. Además, con Susan cortamos en el ’91. Imaginate que después de tanto tiempo no se me va a ocurrir escribir algo sobre nosotros.
Ella dijo que hace dos años que vos no le pasás alimentos por los trillizos.
Mis abogados están en tema. Amo a mis hijos.
¿Los ves?
¿El que ama a Dios lo ve? ¡Gil! ¿Por qué no pensás? No los veo. No porque no quiera, sino porque cuando vos amás verdaderamente a alguien tenés que dejarlo libre, como dice Sting. Esa es la enseñanza zen que aprendí en la vida, y de la que Susan parece que se olvidó. ¿Viste? Porque en este país no tenemos memoria. Yo quiero que ellos crezcan libremente, ¿capito? Ya habrá tiempo para que nos encontremos y podamos conversar de cosas importantes, como debe ser entre padre e hijos. Porque lo que tenga que decirles a Paco, Luis y…, Paco, Luis y… el hermano, ya se lo dije en Tres dulces tigres: “La vida es una marca/que hay que hendir en soledad/hay que hendirla sin hundirse/ser libre es lo real”. La letra está inspirada en lo que dice Blake sobre los tigres. El dice que Dios se excedió al crear al tigre, y yo lo tomo en mi canción como ese exceso de felicidad que me dio Dios al darme a los trillizos.
¿Qué pensás de Malasangre?
Creo que es un buen álbum que se puede considerar un tour de force que incluye el rescate de las raíces americaindias, un touch de cámara, sobre todo en los arreglos de cuerdas que hizo Daddy; y un vuelo poético que es bastante evidente, aunque queda como el culo que lo diga yo que soy el que escribe las letras. Me parece un producto parejo y original y creo que es uno de los pocos de los últimos años que tiene un discurso que no suena como esa chotada social de Los Zanguangos. El discurso nuestro tiene ingredientes que se consumen en privado: el sexo y las drogas ecológicas, frutos de la tierra y no del laboratorio asesino. No pontificamos, solo describimos lo que hacemos como animales sueltoscuando termina el show.
¿Por qué las letras de sexo están siempre escritas en primera persona?
Porque así es como se da, ¿o vos cogés en tercera persona, payaso? ¿Vos sos medio salame, no? Salvo que seas un voyeur; capaz que con esa cara de pelotudo… Pero los animales sueltos no somos voyeurs. Igual hay cosas que hoy no se dan como antes. La época de la garcha grossa fue la de los ochenta. Me refiero a la primera gira latinoamericana: hoteles, putitas, cajas de zapatos llenas de drogas y mucha música. Fue nuestra etapa de mayor producción artística. Hablábamos del vómito de Hendrix. Prepararnos para el vómito de Hendrix significaba prepararnos para crear al límite. Era el concepto donde entraban la resaca, nuestra formación en el Conservatorio, las drogas, la fama, etecé, etecé, etecé. Era nuestra experiencia hecha arte. Así nació Palo y a la bolsa, Lo mejor de Palo y a la bolsa y Palo y a la bolsa en vivo, que grabamos en el Luna Park el día que se cortó la luz.
¿Vos fuiste al conservatorio?
Sí, estuve, estuve. Pero dejame contarte lo del Luna…
¿Estuviste o terminaste?
martes, 20 de mayo de 2014
EL DUENDE DE MADERA (Vladimir Nabokov)
Delineaba pensativamente la sombra circular y temblorosa del tintero. En una lejana habitación un reloj dio la hora mientras yo, soñador que soy, imaginaba que alguien llamaba a la puerta, suavemente al principio, luego más y más fuerte. Llamó doce veces y se detuvo, expectante.
-Sí, aquí estoy, pase…
El pomo de la puerta crujió con timidez, la llama de la vela a medio consumir se agitó y de un salto oblicuo él abandonó un rectángulo de sombra, encorvado, gris, cubierto por el polen de la noche fría y estrellada.
Conocía su rostro -¡oh, hacía tanto que lo conocía!
Su ojo derecho aún se hallaba hundido en la penumbra; el izquierdo me estudiaba con temor, alargado, de un verde nuboso. La pupila brillaba como un destello de herrumbre… Ese mechón de un gris musgoso en su sien, la ceja plateada apenas perceptible, la cómica arruga cerca de su boca lampiña -¡de qué manera todo esto hostigaba e inquietaba vagamente a mi memoria!
Me levanté. Él avanzó un paso.
Su pequeño abrigo raído parecía tener mal los botones -del lado femenino. Llevaba en la mano una gorra -no, un bulto oscuro, pobremente atado, y no había rastro de gorra alguna…
Con un susurro de bienvenida estreché su mano ligera, helada, y rocé el respaldo de un sillón ajado. El se retrepó como un cuervo en un tocón y empezó a hablar apresuradamente.
-Da mucho miedo la calle. Así que vine. Vine a visitarte. ¿Me reconoces? Solíamos retozar juntos y gritamos días enteros. Allá en la vieja patria. ¿Vas a decirme que lo olvidaste?
Su voz literalmente me cegó. Me sentí deslumbrado y aturdido -recordé la felicidad, la sonora, eterna, irremplazable felicidad…
No, no puede ser: estoy solo… Es un absurdo delirio. Y sin embargo había en efecto alguien sentado junto a mí, huesudo e improbable, con espigadas botitas alemanas, y su voz tintineaba, crepitaba -áurea, de un verde exquisito, familiar- pese a que las palabras eran tan sencillas, tan humanas…
-Allí está -te acuerdas. Sí, soy un antiguo Elfo del Bosque, un duende malicioso. Y aquí estoy, obligado a huir como todos los demás.
Soltó un profundo suspiro y de nuevo imaginé nimbos hinchados, soberbias ondulaciones frondosas, límpidos destellos de abedules como chorros de espuma de mar contra un murmullo melódico, perpetuo… El se inclinó hacia mí y me miró con dulzura a los ojos.
-¿Recuerdas nuestro bosque, abetos negros, blancos abedules? La pena fue insoportable -veía a mis queridos árboles crujiendo y cayendo, ¿y qué podía hacer? Me empujaron a las ciénagas, lloré y aullé, bramé como animal, luego me fui veloz a un pinar vecino.
“Ahí languidecí, no dejaba de sollozar. Apenas me había acostumbrado cuando de golpe ya no había pinos, sólo cenizas azules. Tuve que vagar un poco más. Di con un bosque -un magnífico bosque, denso, oscuro, fresco. Aun así, de alguna forma no era lo mismo. En los viejos tiempos retozaba del alba al ocaso, silbaba apasionadamente, aplaudía, asustaba a los paseantes. Acuérdate de ti -te perdiste una vez en un sombrío rincón de mi bosque, tú y un pequeño vestido blanco, y yo obstruía las veredas, hacía rodar troncos, titilaba en el follaje. Me pasé la noche entera haciendo travesuras. Pero sólo jugaba, todo era en broma, por más que me denigren. Ahora me he calmado, mi nuevo hogar era incómodo. Día y noche extrañas cosas crujían a mi alrededor. Al principio creí que otro elfo acechaba allí; le grité, luego escuché. Algo chasqueaba, algo gruñía… Pero no, no eran los ruidos que nosotros hacemos. Una vez, hacia el anochecer, brinqué a un claro, ¿y qué es lo que veo? Gente tendida, algunos de espaldas, otros bocabajo. Bueno, pensé, los despertaré, ¡haré que se muevan! Y puse manos a la obra, sacudí ramas, arrojé piñas, salté, rugí… Me afané durante una hora en vano. Entonces miré con mayor atención y me estremecí. Aquí está un hombre con la cabeza colgando de un frágil hilo escarlata, allá uno con una pila de gruesos gusanos por estómago… No lo pude aguantar. Solté un aullido, brinqué en el aire y huí…
“Vagué mucho tiempo por distintos bosques, pero no podía hallar la paz. O era silencio, desolación, tedio mortal, o un horror que es mejor no imaginar. Por fin me decidí y me transformé en un mendigo, un pordiosero con alforja, y me fui para siempre: Rus’, adieu! Un espíritu afín, un Duende del Agua, me ayudó. El pobre también huía. No dejaba de admirarse, de decir: ¡qué tiempos nos han tocado, una auténtica desgracia! Y aunque en otra época se había divertido y solía atraer a la gente con señuelos (¡qué hospitalidad la suya!), ¡cómo la mimaba y consentía en el fondo del dorado río, con qué canciones la embrujaba en recompensa! Ahora, dice, sólo pasan flotando hombres muertos, por montones, en grandes cantidades, y la humedad del río es como sangre, espesa, cálida, viscosa, y no hay nada que se pueda respirar… Y así me llevó con él.
“Se fue a errar por algún mar remoto y me desembarcó en una costa brumosa -anda, hermano, ve y encuentra algún follaje cordial. Pero no encontré nada y acabé en esta extraña, atroz ciudad de piedra. Y así me volví humano, con todo y cuellos perfectamente almidonados y botitas, e incluso he aprendido el habla humana…
Calló. Sus ojos brillaron como hojas húmedas; tenía los brazos cruzados y, a la trémula luz de la vela consumida, unas pálidas hebras peinadas hacia la izquierda relumbraron de un modo inquietante.
-Sé que también sufres-fulguró nuevamente su voz-, pero tu sufrimiento, comparado con el mío, mi tempestuoso, turbio sufrimiento, es sólo la respiración pausada del que duerme. Piénsalo: no queda nadie de nuestra tribu en Rus’. Algunos nos alejamos como jirones de niebla, otros se dispersaron por el mundo. Nuestros ríos son melancolía, ninguna mano intranquila esparce los rayos de la luna. Quietas están las huérfanas campánulas que por azar permanecen intactas, el gusli de un deslavado azul que alguna vez mi rival, el Duende de los Campos, empleó en sus canciones. Bañado en lágrimas, el tosco y afable espíritu doméstico ha abandonado tu hogar en deshonra, humillado, y se han marchitado los bosques, su patética luz, su mágica sombra…
“¡Nosotros, Rus’, fuimos tu inspiración, tu insondable belleza, tu encanto perenne ! Y todos nos hemos ido, echados por un inspector enfermo.
“Amigo mío, pronto he de morir, dime algo, dime que amas a este espectro desamparado, siéntate más cerca, dame tu mano…
La vela parpadeó y se extinguió. Fríos dedos acariciaron mi palma. Repicó la conocida carcajada de la melancolía para luego callar.
Cuando encendí la luz no había nadie en el sillón… ¡Nadie!… En la habitación quedaba sólo una fragancia inusitadamente sutil: abedul, húmedo musgo…
LA SOMBRA PÁLIDA DEL DESTINO (Luis López Nieves)
El 21 de julio de 1798, durante la legendaria Batalla de las Pirámides en que Napoleón Bonaparte derrotó a los mamelucos egipcios, el capitán francés Philippe Farel luchaba frente a su compañía de húsares en el punto más denso y sangriento del combate. Era mucho el polvo que levantaban los guerreros, los animales, la artillería y las máquinas de guerra de ambos bandos. El flanco izquierdo del caballo del capitán Farel golpeó, de pronto, el flanco derecho del caballo del capitán egipcio Esmat Nazif. Ambos combatientes giraron rápidamente en sus monturas, pero el capitán francés fue más veloz: con un movimiento instantáneo de su brazo derecho hundió su sable en el pecho del capitán Nazif, quien soltó su alfanje, cerró los ojos y cayó a tierra sin decir palabra. El capitán Farel no tuvo tiempo de mirar hacia abajo para conocer el rostro del hombre a quien había matado: otro jinete egipcio lo atacaba con la cimitarra en alto.
Poco después del fin de la batalla, el capitán Farel regresó a Francia con el general Bonaparte, a quien sirvió fielmente hasta la célebre batalla de Waterloo en el 1815, aunque para esta fecha ya había alcanzado el rango de general. Perseguido por sus ideas bonapartistas y su lealtad a la memoria del Emperador destronado, el general Farel huyó de Europa y se estableció en el sur de la provincia francófona de Québec, en América del Norte, adonde llegó en mayo de 1817. Gracias al oro y a las piedras preciosas que rescató del tesoro de su admirado Napoleón, compró millares de hectáreas de tierras de pastoreo y fundó una hacienda ganadera. Un año después llegaron desde Francia su esposa y su hijo.
El Hijo
Gérard Farel, nacido en París en el 1810, llegó al sur de Québec con su madre, la mujer del ex general Philippe Farel, cuando sólo tenía ocho años de edad. Al igual que lo habían hecho su bisabuelo y su abuelo en Francia, y su padre en la provincia de Québec, se dedicó a la ganadería, aunque nunca fue feliz ni se sintió satisfecho. Todos los días se sentaba en el balcón de su mansión campestre a contemplar las inacabables praderas de verde pasto, pero no podía disfrutar la hermosura del paisaje: en realidad no hacía más que añorar y revivir los recuerdos de su infancia en París. Como si se tratara de un sueño, recordaba el ruido de los caballos sobre las calles pavimentadas de la ciudad, sus divertidos paseos por el Bosque de Bolonia, y el alboroto citadino de los peatones y los coches que desde niño había asociado con lo más exquisito de la vida. Gérard fantaseaba con volver a París. Y así lo hizo a los 57 años de edad: de pronto, un buen día del año 1867, le cedió su hacienda a sus dos hijos, agarró una cantidad sustancial de ahorros y regresó con su mujer a Francia.
Los Nietos
Adolphe y André Farel –gemelos– nacieron en la hacienda de Gérard Farel en el 1846. Adolphe lamentó la noticia de la partida de sus padres, en especial la de su madre, a quien se sentía muy apegado, pero recibió con grande alegría el anuncio de que al fin sería dueño de la mitad de la hacienda familiar. No ocurrió igual con André. Éste prefería los libros a la ganadería, las bibliotecas a los prados, la reflexión filosófica a la acción inmediata y bovina. Acordaron que Adolphe administraría la próspera hacienda y le enviaría a André una pensión de lujo, para que viviera a gusto en una ciudad con biblioteca y se dedicara a los estudios. Así lo hicieron durante toda la vida. Ambos hermanos se querían mucho y nunca discutieron por dinero.
Al principio André vivió en la ciudad de Québec, donde tenía reputación de intelectual y excéntrico porque no se interesaba por las cosas que incumbían a la mayoría de sus vecinos. Además, nadie sabía por qué vivía con tanto desahogo, con coche y caballos propios, ya que jamás lo habían visto trabajar. En el 1886, a los cuarenta años de edad, había agotado las bibliotecas de Québec, por lo que decidió mudarse a Montreal, donde aprovechó las circunstancias para aprender inglés. Diez años después, a los cincuenta años de edad, concluyó que Montreal le quedaba pequeña y optó por mudarse a Nueva York: se le había metido en la cabeza la idea de que sólo sería feliz si vivía en una ciudad con muchas librerías y grandes bibliotecas. Alquiló un apartamiento cómodo, con vista al Parque Central, y vivió lo que sería la etapa más plena y hermosa de su vida, porque tenía a su alcance todos los libros del mundo.
A los tres años de vivir en Nueva York, en el 1899, conoció a una joven neoyorkina en una biblioteca. A pesar de la gran diferencia de edad –André ya tenía 53– la hermosa muchacha, como ocurre con relativa frecuencia, se enamoró desesperadamente de Farel, no sólo por su intelecto, que la dejaba sin habla, sino porque seguía siendo un hombre guapo y hablaba con ese encantador acento francés que, como es sabido, ninguna mujer puede resistir. Dos años después, en el 1901, nació Víctor.
El Biznieto
Víctor Farel nació en Nueva York, en el barrio de Manhattan conocido como Greenwich Village. Ocho años después, todavía niño, quedó huérfano de padre, por lo que se crió como estadounidense. Al principio la madre –que conocía bien la lengua gala– le hablaba sobre su herencia francesa y quebequense e intentó enseñarle a hablar francés, pero el niño sólo se interesaba por la mecánica, la ingeniería y la aplicación de las ciencias a las técnicas industriales. Cuando sólo tenía 12 años de edad quedó huérfano de madre. Gracias a una amiga de la fallecida, que conocía la dirección de los abuelos maternos del niño –vivían en Ohio–, las autoridades pudieron comunicarse con los mismos y enviarles al menor. Nadie conocía a su tío Adolphe, quien administró la hacienda ganadera hasta los 85 años de edad y nunca se arrepintió de su feliz existencia rodeado de vacas.
Victor se hizo ingeniero, se casó con una norteamericana de ascendencia inglesa y pasó a ser un estadounidense más de Ohio, con apenas unas vagas nociones de sus orígenes franceses, y sin ningún conocimiento de las gloriosas hazañas de su bisabuelo, el general Farel, al lado del emperador Napoleón I.
El Tataranieto
Billy Farel nació en Columbus, Ohio, en el 1929. Padecía serios problemas de aprendizaje. Odiaba la lectura y la escuela porque desde niño su padre lo había sometido a un régimen insoportable de estudios científicos. Mientras los demás niños jugaban, iban al cine o escuchaban la radio, Billy tenía que pasar las tardes sentado al lado de su madre, memorizándose las tablas de multiplicación o leyendo libros de ingeniería o de mecánica industrial que lo aburrían hasta desear la muerte. En el hogar de los Farel no había paz, sino guerra continua. El padre exigía disciplina y estudio, el hijo quería juego y libertad. La madre, como ocurre en estos casos, intentaba servir de intermediaria, pero el carácter del padre era muy intransigente, casi militar.
En el 1945, a los 16 años de edad, harto de una situación familiar que le convertía la vida en un infierno, Billy Farel se fugó de la casa paterna. Aunque joven, ya era alto, fuerte y musculoso. No era un intelectual, pero tampoco era tonto. Primero vagó de ciudad en ciudad, aceptando trabajos menores que pagaban poco; luego empezó a visitar otros estados. Tras una vida nómada de quince años, de la que nunca se arrepintió porque conoció decenas de ciudades y vivió con entera libertad, a los 31 años de edad empezó a trabajar en una panadería de Alexandria, en el estado de Virginia. Se enamoró del arte de hacer pan y echó raíces. Nunca jamás abandonó su amada ciudad de Alexandria.
El Retorno
Philip Farel nació en Alexandria en el 1973. Su padre se había convertido en un próspero comerciante, dueño de una cadena de 13 panaderías, pero ningún miembro de la familia Farel quería que Philip fuera panadero. Billy quería que estudiara abogacía, para que pudiera administrar la cadena y convertirla en una franquicia internacional, y la madre de Philip quería que estudiara medicina, porque decía que en todas las familias hacía falta un médico. Pero, aunque nadie se había dado cuenta todavía, el destino de Philip estaba sellado. Desde niño sus juegos favoritos habían sido los relativos a la guerra. Se vestía de soldado, hablaba como soldado, leía libros sobre soldados y guerras, sólo veía películas marciales. Nunca se sacaba de la correa un revólver de plástico que parecía verdadero, y siempre vestía uniforme de camuflaje. Fue cobito y niño escucha. Marchaba en todas las paradas del 4 de julio.
Alumno aplicado, cuando estaba a punto de terminar sus estudios preuniversitarios le expresó a sus padres su sueño de ingresar a la mejor academia militar de los Estados Unidos: West Point. Gracias a sus buenas calificaciones y a las influencias políticas de su padre, fue admitido a la prestigiosa universidad. Se graduó en el 1995, a los 22 años de edad, con el rango de teniente. Ocho años después, en el 2003, había ascendido a capitán. Participó en la invasión norteamericana de Irak con la 82ª División Aerotransportada, a cargo de una compañía de infanteros. Consumada la ocupación de Bagdad, a la compañía del capitán Farel le asignaron la tarea de buscar y erradicar a los combatientes enemigos de uno de los barrios más poblados y peligrosos de la ciudad. El 21 de julio de 2004, durante una operación limpieza de casa en casa, el capitán Farel supervisaba a sus tropas mientras registraban las habitaciones de una mansión grande y oscura. Philip Farel escuchó un ruido en un cuarto vacío que estaba a su izquierda. Sin pensarlo, casi por instinto, entró solo a la alcoba. De pronto vio una figura humana oculta detrás de la puerta. Ambos giraron rápidamente, pero la figura iraquí fue más veloz. Colocó la punta de su puñal sobre el corazón del capitán Farel, y con la otra mano le apretó la garganta para que no gritara. Con mucha dificultad, porque casi no podía respirar, el Capitán suplicó en voz muy baja:
–Por favor, no te he hecho nada. No me mates.
* * *
El Guerrero
El 21 de julio de 1798, durante la legendaria Batalla de las Pirámides en que los mamelucos egipcios fueron derrotados por Napoleón Bonaparte, el capitán egipcio Esmat Nazif luchaba frente a su compañía de jinetes mamelucos en el punto más denso y sangriento del combate. Era mucho el polvo que levantaban los guerreros, los animales, la artillería y las máquinas de guerra de ambos bandos. El flanco derecho del caballo del capitán Nazif golpeó, de pronto, el flanco izquierdo del caballo del capitán francés Philippe Farel. Ambos combatientes giraron rápidamente en sus monturas, pero el capitán egipcio fue más lento: recibió una estocada en el pecho. Sintió un dolor agudo, punzante, opresivo, que en un segundo le recorrió el cuerpo entero, le paralizó los músculos y lo dejó sin fuerzas. Soltó el alfanje que llevaba en la mano derecha, se le cerraron los ojos y cayó de la silla sin emitir una palabra. Murió sin conocer el rostro del hombre que lo había matado.
Poco después de esta célebre batalla, la ciudad egipcia del capitán Esmat Nazif fue arrasada por los franceses. Perseguida por ser la mujer de un capitán y noble egipcio, la joven esposa de Nazif escondió entre sus ropas a su niña recién nacida y huyó de Egipto con la ayuda de su hermano. Se estableció en el sur de la ciudad palestina de Jericó, y gracias al oro y a las piedras preciosas que le dieran los padres de su marido antes de huir, compró millares de cabras y de ovejas y fundó una lucrativa empresa de pastoreo.
La Hija
Fátima Nazif, nacida en El Cairo en el 1798, llegó al sur de Jericó con su madre, la viuda del capitán Nazif, cuando sólo tenía 5 meses de vida. Al igual que lo habían hecho sus ancestros maternos en Egipto, y su madre en el sur de Jericó, se dedicó al pastoreo, aunque nunca fue feliz ni se sintió satisfecha. Todos los días se sentaba junto a sus inmensos rebaños y rehuía el contacto de los pastores, de las pastoras y de todos los que buscaban su compañía. No podía disfrutar la riqueza de sus rebaños ni la suave belleza de los montes que la rodeaban, porque desde niña su madre le había leído en voz alta los cuentos de Las mil y una noches y ella añoraba visitar Bagdad, la mágica ciudad de visires y sultanes. Como si las lecturas de su madre no hubieran sido fantasías, sino reales, a Fátima le bastaba con cerrar los ojos para ver las calles laberínticas de la ciudad, escuchar el bullicio del mercado y olfatear las nubes de incienso que brotaban de las ventanas de los palacios bagdadíes. Un buen día del año 1853, tras cumplir 55 años de edad, Fátima decidió de pronto que la felicidad valía más que un millón de cabras. Le cedió sus rebaños a sus dos hijas, agarró una cantidad sustancial de ahorros, escogió a cinco de sus criadas favoritas y a sus tres guardaespaldas más fuertes, y partió a la ciudad de sus sueños.
Las Nietas
Amira y Aicha –gemelas– nacieron en el sur de Jericó, junto a los rebaños de Fátima Nazif, en el 1830. Amira lamentó la noticia de la partida de su madre, a quien se sentía muy apegada, pero recibió con alegría el anuncio de que al fin ella y su marido serían dueños de la mitad de los rebaños. No ocurrió lo mismo con Aicha. Ésta prefería los libros a la ganadería, la lectura a los prados, la poesía a la acción inmediata y bóvida. Acordaron que Amira administraría los prósperos rebaños y le enviaría a su hermana una pensión de lujo para que escribiera poesía y viviera a gusto en una ciudad con biblioteca. Así lo hicieron durante toda la vida. Ambas hermanas se querían mucho y nunca discutieron por dinero.
Al principio Aicha vivió en Jericó, donde tenía reputación de excéntrica porque no se interesaba por las cosas que incumbían a la mayoría de sus vecinas. Además, nadie sabía por qué vivía con tanto desahogo –con coche, guardaespaldas y caballos propios– ya que jamás la habían visto en la compañía de un hombre que la mantuviera. En el 1856, a los 26 años de edad, había agotado las bibliotecas de Jericó, por lo que decidió mudarse a Jerusalén. Cuatro años después, a los treinta años de edad, concluyó que la provinciana ciudad de Jerusalén le quedaba pequeña y optó por mudarse a Constantinopla: se le había metido en la cabeza la idea de que sólo sería feliz en la más grande y culta de todas las ciudades musulmanas, donde abundaban las bibliotecas, las mezquitas y todos los museos de arte. Compró una casa majestuosa en el centro de la ciudad, con vista hacia el Cuerno Dorado y Hagia Sophia, y vivió entonces lo que sería la etapa más hermosa de su vida, porque tenía a su alcance toda la poesía del mundo.
Al año de vivir en Constantinopla, en el 1861, conoció a un poeta turco en la biblioteca de la Gran Mezquita de Suleimán el Magnífico. Como ocurre con frecuencia en estas situaciones, el escritor se enamoró perdidamente de Aicha, no sólo por sus versos que lo dejaban sin habla, sino porque era una mujer bella, de grandes ojos negros, que hablaba con ese encantador acento egipcio que, como es sabido, ningún hombre puede resistir. Un año después, en 1862, nació Adiba.
La Biznieta
Adiba nació en el Barrio Antiguo de Constantinopla, a pocas calles del célebre Bazar Egipcio. Ocho años después, todavía niña, quedó huérfana de madre, por lo que se crió como turca. Al principio su padre –que conocía bien la historia egipcia– le hablaba sobre su herencia faraónica, pero la niña sólo se interesaba por la astronomía, las matemáticas y el estudio de la lógica. Cuando sólo tenía 12 años de edad quedó huérfana de padre. Gracias a un amigo de su padre fallecido, que conocía la dirección de los abuelos paternos de la niña en la ciudad turca de Esmirna, las autoridades de la Gran Mezquita Azul pudieron comunicarse con los mismos y enviarles a la menor. Nadie conocía a su tía Amira, quien administró sus rebaños hasta los 85 años de edad y nunca se arrepintió de su feliz existencia rodeada de alegres cabras.
Adiba se casó con un turco que también amaba la astrología. Pasó a ser una turca más de Esmirna, con apenas unas nociones muy vagas de sus orígenes egipcios, y sin ningún conocimiento de las gloriosas hazañas de su bisabuelo el capitán Nazif, quien había dado la vida por expulsar a Napoleón de Egipto.
La Tataranieta
Zubeida nació en Esmirna, Turquía, en el 1892. Padecía serios problemas de aprendizaje. Odiaba los libros porque desde niña su madre la había sometido a un régimen insoportable de estudios astronómicos y matemáticos. Mientras las demás niñas jugaban con muñecas, tocaban el laúd o aprendían a servir el té, Zubeida tenía que pasar la tarde sentada al lado de su madre, memorizándose las tablas de multiplicación o leyendo libros de astronomía que la aburrían hasta desear la muerte. En el hogar de la niña Zubeida no había paz, sino guerra continua. La madre exigía disciplina y estudio, la hija quería juego y libertad. El padre, como ocurre en estos casos, intentaba servir de intermediario, pero el carácter de la madre era muy intransigente, casi militar.
En el 1912, a los 20 años de edad, harta de una situación familiar que le convertía la vida en un infierno, Zubeida se fugó de la casa materna. Aunque joven y sin muchos conocimientos del mundo real, no era tonta. Durante los primeros seis años estuvo con la tía de su mejor amiga, la señora Latifa, quien la acogió como doncella. El marido de esta tía era comerciante y poseía una pequeña flota de barcos, por lo que Zubeida estuvo esos seis años visitando casi todos los puertos musulmanes del Mar Mediterráneo. El séptimo año, durante una visita a la ciudad costera de Tartus, en Siria, conoció al panadero más importante del puerto y se enamoró. Obtuvo el permiso de la señora Latifa para casarse y permanecer en Siria. Nunca jamás abandonó su amada ciudad de Tartus.
La Luz Sagrada
Aziza nació en Siria en el 1936. Su padre era un próspero panadero que surtía todos los barcos que llegaban al puerto, pero ningún miembro de la familia quería que Aziza permaneciera el resto de su vida en ese puerto incoloro y aburrido, donde todos los días transcurrían como si fueran el mismo. El padre quería que su hija se casara con un joven emprendedor y moderno, para que convirtiera su panadería en una cadena internacional con representación en todos los puertos. Zubeida quería que su hija se casara con un médico, porque decía que en todas las familias hacía falta un doctor que también supiera de astronomía. Pero nadie se había dado cuenta de la pasión de Aziza por la política. Desde niña le hablaba a sus amigas del mucho amor que sentía por la Gran Patria Musulmana y de la necesidad urgente de expulsar a los extranjeros impíos. Sobre cualquier silla de la casa se trepaba para exhortar a la familia a despojarse de sus manías occidentales y regresar a las sabias y antiguas costumbres del islam. Se negó a usar maquillaje –que de todos modos su bello rostro no necesitaba–, rechazó la ropa francesa e insistió en vestir la chilaba. Todos los años, gracias a los barcos de los amigos de su padre, hacía el peregrinaje a La Meca.
Una tarde en que acudió al despacho de su padre, en el puerto, se encontró de frente con el general Abu Abdalá Ben Machal. El famoso revolucionario panárabe había venido a comprar víveres para su ejército de guerrilleros, que luchaba contra el gobierno títere y prooccidental de Bagdad. Era muy alto, con brazos musculosos, y tenía el rostro enfebrecido de aquellos que todos los días arriesgan sus vidas por una causa; ella vestía la chilaba, pero llevaba la cabeza al descubierto y los cabellos se le habían desparramado sobre los hombros. Él miró fijamente, casi con dureza, los bellos ojos grandes, negros, radiantes, que lo admiraban sin disimulo; ella le sostuvo la mirada. Dos meses después, a eso de las cuatro de la mañana, Aziza se fugó con el general iraquí y se fueron a luchar a Bagdad.
El Destino
Fátima nació en las afueras de Bagdad en el 1973. Alumna aplicada, cuando estaba a punto de terminar sus estudios preuniversitarios le expresó a sus padres su sueño de ingresar a la mejor universidad de Irak. Gracias a sus buenas calificaciones y a las influencias políticas de su padre –heroico general retirado–, fue admitida a la Universidad de Bagdad y se graduó con altos honores en el 1995, a los 22 años de edad. Ocho años después, en el 2003, se desempeñaba como abogada de los pobres cuando comenzó la invasión norteamericana. De inmediato, tanto ella como sus viejos padres se unieron a la resistencia. Recibió adiestramiento militar en fábricas y almacenes vacíos; leyó libros sobre la guerra no convencional y las tácticas de las guerrillas urbanas, que le regaló su padre; aprendió a usar el fusil y el puñal; recibió lecciones sobre el uso de explosivos. Sus padres fabricaban bombas caseras durante la noche y espiaban a los invasores durante el día. La hermosa Fátima lo aprendió todo muy rápido, como si llevara los conocimientos militares en la sangre. Por eso ascendió a capitana en menos de un año, y recibió la honrosa tarea de convertir el barrio más poblado de Bagdad en un insoportable infierno en que la fuerza invasora norteamericana nunca conociera el sueño ni el descanso.
El 21 de julio de 2004, a eso de las siete de la mañana, Fátima y quince compañeros dormían en el piso de la mansión abandonada que usaban de vez en cuando como escondite. Tenían mucho sueño porque habían pasado la noche entera, hasta el amanecer, hostigando al enemigo en las calles con bombas que accionaban por control remoto. En la habitación de al lado su madre, Aziza, fabricaba bombas caseras. El padre de Fátima caminaba con un bastón cerca de los edificios del gobierno, jugando el papel de anciano senil y jubilado. En realidad inspeccionaba los blancos militares que le sugeriría a su hija para esa noche, los cuales retrataba con la cámara minúscula que ocultaba en el bastón.
A pesar de su sueño profundo, Fátima se despertó cuando creyó escuchar un ruido en la puerta principal de la casa. Luego oyó botas en el pasillo que estaba a su derecha. Descalza, con el largo cabello negro cayéndole sobre los hombros, agarró su puñal y se puso de pie. Sus compañeros abrieron los ojos y se sentaron en silencio: apuntaron sus rifles en la dirección de los pasos desconocidos que se acercaban. Sin pensarlo, casi por instinto, Fátima se colocó detrás de la puerta y esperó. De pronto vio la figura humana que abría la puerta. Ambos giraron rápidamente, pero ella fue más veloz. Colocó la afiladísima punta de su puñal sobre el corazón del capitán Farel, y con la otra mano le apretó la garganta para que no hiciera ruido. Sus quince compañeros, ahora de pie, apuntaban sus rifles a la cabeza del militar. Con mucha dificultad, porque casi no podía respirar, el Capitán suplicó en voz muy baja:
–Por favor, no te he hecho nada. No me mates.
Fátima concentró la mirada sobre la boca de su enemigo, como si intentara leerle los labios. El Capitán insistió:
–Por favor, vine a ayudarte.
Fátima escuchó ruidos en el pasillo. Con un movimiento instantáneo, casi invisible, empujó el puñal con todas sus fuerzas y lo hundió en el corazón del capitán Farel, quien cerró los ojos y cayó al suelo sin decir palabra. La mujer no tuvo tiempo para mirar el cadáver del hombre a quien había matado: las botas de otros invasores se acercaban rápidamente al aposento. Ella y sus compañeros, que conocían todas las puertas y ventanas de la casa, huyeron descalzos, sin que el enemigo los escuchara.
Esa noche, sin saber que había vengado la muerte de su antepasado el capitán Esmat Nazif, quien 205 años antes había perecido a manos del invasor francés Philippe Farel, Fátima y sus compañeros se escondían en la azotea de una casa de Bagdad, esperando a que llegara la hora de lanzar un nuevo ataque contra el ejército extranjero. La ex abogada, con el pelo recogido en la nuca, bebía té, miraba las estrellas y descansaba sentada en el suelo. Uno de sus guerrilleros, Omar, que había sido maestro de escuela primaria hasta el día de la invasión norteamericana, se sentó a su lado con una taza de té y también miró al cielo. Era una noche tranquila, clara, silenciosa. Ambos contemplaban las estrellas sin hablar. De pronto, Omar preguntó en voz baja, con un poco de tristeza:
–¿Qué te dijo?
–No sé –respondió Fátima, un poco incómoda–. No entiendo inglés.
VUELVE, FANNY (José Luis García Martín)
“¿Usted cree en los sueños? ¿Y en los demonios? Yo sí. Bueno, ni creo ni dejo de creer. Cuento tan solo lo que me ha pasado. Mucho tiempo antes de que mi mujer me abandonara, cuando todavía nos llevábamos bien, incluso yo diría que muy bien, comencé a soñar que ella me dejaba. Los sueños comenzaron curiosamente en cuanto comenzó a trabajar en mi departamento un nuevo becario. Tuvo algunas desavenencias con el director de su tesis doctoral, se enfadó con él y me pidió que yo se la dirigiera. No me hacía mucha gracia, pero insistió tanto que acabé aceptando. Luego no tardamos en hacernos amigos. Como era argentino y no tenía aquí familia, comencé a invitarle algún que otro fin de semana a comer a casa. A mi mujer no le gustaban demasiado aquellas invitaciones y luego pasó lo que pasó, así es la vida. Pero mejor no hablar de ello. Lo que quería contarle es que nada más conocer a aquel meloso doctorando comencé a soñar con que mi mujer me abandonaba. Mi subsconsciente supo antes que ella lo que iba a ocurrir. Luego no duraron juntos ni medio año, pero esa es otra historia. Y en cuanto a los demonios, no me refiero a esos con rabos, cuernos y tridente de las leyendas medievales o de los que nos hablaban, cuando éramos niños, en el catecismo. ¿Recuerda usted que Sócrates tenía un demonio? Pues a ese tipo de demonios me refiero. Más de una vez, en los días siguientes a que mi mujer me dejara, al llegar yo a casa, me abrió la ventana del salón y me invitó a que me arrojara por ella. Nunca le hice caso, y no por falta de ganas, sino porque vivo en un primero y lo que me apetecia era romperme la cabeza y acabar de una vez y no romperme una pierna y andar por ahi tullido, además de cornudo y apaleado. Fue también mi demonio, que a veces se porta como un servicial mayordomo y otras como un niño malcriado, quien me abrió la puerta de ese local de alterne que está cerca de mi casa, y de la suya, al lado del Milán. Antes se llamaba Foro, ahora ha cambiado de nombre, una vez le pregunté por qué al encargado y él me dijo que porque había un partido político que también se llamaba así y eso les desprestigiaba. Yo creo que lo decía en broma, aunque no estoy seguro. Todavía se llamaba Foro cuando yo entré por primera vez. Dos chicas se me acercaron de inmediato. Una me sonrió a mí y la otra a mi demonio. Me extrañó porque es invisible para todos, ahora mismo está aquí a mi lado, escuchando atento, y no creo que usted pueda verle. No tenía yo costumbre de frecuentar ese tipo de locales, creo que solo había entrado una vez, de joven, en una despedida de soltero. Pero aquella chica, que no era tan joven como me pareció en un principio, en seguida me cayó bien. Resultó que teníamos muchas aficiones en común. Hablamos, hablamos hasta la madrugada, yo bebí mucho, esa es la verdad. Le pedí que me acompañara a casa, cuando cerraran el local. Ella se limitó a besarme y a decir: “No lo estropeemos”. Me levanté con dolor de cabeza y sin tener muy claro lo que había pasado. En la cocina, ya era casi mediodía, estaba mi demonio, que me había preparado el desayuno. No tomé nada, no estaba acostumbrado a beber tanto, me sentía mal y a la vez me sentía muy bien. Volvi dos o tres noches más y luego dejé de ir porque ella prefería verme fuera de su lugar de trabajo y yo no podía creerme que tuviera tanta suerte. Mi demonio sonreía y no decía nada, el muy cabrón. Y no había sueños que me avisaran de nada. Hacíamos el amor todas las noches, cosa que no me ocurría con mi mujer, y luego dormía como un bendito, de un tirón, hacía mucho tiempo que no me ocurría eso. Yo no pensaba casarme con ella, con una experiencia tenía bastante, pero le tenía plena confianza. Pusimos en común sus bienes y los míos, las cuentas del banco. Me dirá usted que eso fue una estupidez. Y yo también me lo he dicho muchas veces. Desapareció llevándose todo lo que pudo. Me dieron ganas de estrangular a mi demonio, que fue quien me la presentó. Ahora tengo sesenta años, ni un euro en el banco, medio sueldo embargado para pagar la pensión de mi exmujer, un maldito demonio que no me dejá ni a sol ni sombra y más ganas de vivir que nunca. ¿Cómo se explica eso? Pues porque estoy enamorado, porque sigo enganchado a Fanny, la mujer que encontré en Foro, el local que ahora no se llama así, ya sabe usted por qué. ¿Cómo es posible seguir queriendo a una ladrona que me rompió el corazón? Ni lo sé ni me importa saberlo. ¿Sabe usted que yo, que antes no jugaba a la lotería, juego ahora siempre que puedo? ¿Y sabe por qué? Para ver si me hago rico y vuelve a Fanny para robarme todo lo que tenga que robar. ¿Ya es la hora del cine? Perdone, no le entretengo más. Usted se preguntará que por qué le cuento esto, seguro que piensa que no soy más que un loco locuaz. Y sí, he estado en tratamiento, algún tiempo fui a la consulta de Mediavilla, aprendí muchas cosas, es un hombre sabio, pero no estoy loco, no se preocupe usted. ¿Estaba loco Sócrates? Pues él también tenía un demonio. Mire usted cómo se aburre ahora el mío. Pone cara de estar tramando otra de las suyas. ¿Y por qué le confieso estas cosas? Pues porque me han dicho que usted cuenta todo lo que le cuentan, y Fanny leía todos los días el periódico en que usted escribe. Quiero que sepa que la perdono, que quiero que vuelva, que me robe todo lo que me queda por robar. ¿Qué película va usted a ver? ¿Aprendiz de gigoló? No se la recomiendo, una patochada de John Turturro y cuatro amiguetes, aunque quizá le guste ver cómo viven los judíos ortodoxos en Williamsburg, ese barrio de Brooklyn”.
viernes, 16 de mayo de 2014
LOS NUEVE BILLONES DE NOMBRES DE DIOS (Arthur C. Clarke)
-Esta es una petición un tanto desacostumbrada- dijo el doctor Wagner, con lo que esperaba podría ser un comentario plausible-. Que yo recuerde, es la primera vez que alguien ha pedido una computadora de secuencia automática para un monasterio tibetano. No me gustaría mostrarme inquisitivo, pero me cuesta pensar que en su… ejem… establecimiento haya aplicaciones para semejante máquina. ¿Podría explicarme que intentan hacer con ella?
-Con mucho gusto- contestó el lama, arreglándose la túnica de seda y dejando cuidadosamente a un lado la regla de cálculo que había usado para efectuar la equivalencia entre las monedas-. Su computadora Mark V puede efectuar cualquier operación matemática rutinaria que incluya hasta diez cifras. Sin embargo, para nuestro trabajo estamos interesados en letras, no en números. Cuando hayan sido modificados los circuitos de producción, la maquina imprimirá palabras, no columnas de cifras.
-No acabo de comprender…
-Es un proyecto en el que hemos estado trabajando durante los últimos tres siglos; de hecho, desde que se fundó el lamaísmo. Es algo extraño para su modo de pensar, así que espero que me escuche con mentalidad abierta mientras se lo explico.
-Naturalmente.
-En realidad, es sencillísimo. Hemos estado recopilando una lista que contendrá todos los posibles nombres de Dios.
-¿Qué quiere decir?
-Tenemos motivos para creer- continuó el lama, imperturbable- que todos esos nombres se pueden escribir con no más de nueve letras en un alfabeto que hemos ideado.
-¿Y han estado haciendo esto durante tres siglos?
-Sí; suponíamos que nos costaría alrededor de quince mil años completar el trabajo?
-Oh- exclamó el doctor Wagner, con expresión un tanto aturdida-. Ahora comprendo por qué han querido alquilar una de nuestras maquinas. ¿Pero cuál es exactamente la finalidad de este proyecto?
El lama vaciló durante una fracción de segundo y Wagner se preguntó si lo había ofendido. En todo caso, no hubo huella alguna de enojo en la respuesta.
-Llámelo ritual, si quiere, pero es una parte fundamental de nuestras creencias. Los numerosos nombres del Ser Supremo que existen: Dios, Jehová, Alá, etcétera, sólo son etiquetas hechas por los hombres. Esto encierra un problema filosófico de cierta dificultad, que no me propongo discutir, pero en algún lugar entre todas las posibles combinaciones de letras que se pueden hacer están los que se podrían llamar verdaderos nombres de Dios. Mediante una permutación sistemática de las letras, hemos intentado elaborar una lista con todos esos posibles nombres.
-Comprendo. Han empezado con AAAAAAA… y han continuado hasta ZZZZZZZ…
-Exactamente, aunque nosotros utilizamos un alfabeto especial propio. Modificando los tipos electromagnéticos de las letras, se arregla todo, y esto es muy fácil de hacer. Un problema bastante más interesante es el de diseñar circuitos para eliminar combinaciones ridículas. Por ejemplo, ninguna letra debe figurar más de tres veces consecutivas.
-¿Tres? Seguramente quiere usted decir dos.
-Tres es lo correcto. Temo que me ocuparía demasiado tiempo explicar por qué, aun cuando usted entendiera nuestro lenguaje.
-Estoy seguro de ello- dijo Wagner, apresuradanente- Siga.
-Por suerte, será cosa sencilla adaptar su computadora de secuencia automática a ese trabajo, puesto que, una vez ha sido programado adecuadamente, permutará cada letra por turno e imprimirá el resultado. Lo que nos hubiera costado quince mil años se podrá hacer en cien días.
El doctor Wagner apenas oía los débiles ruidos de las calles de Manhattan,
situadas muy por debajo. Estaba en un mundo diferente, un mundo de montañas
naturales, no construidas por el hombre. En las remotas alturas de su lejano país,
aquellos monjes habían trabajado con paciencia, generación tras generación,
llenando sus listas de palabras sin significado. ¿Había algún límite a las locuras de
la humanidad? No obstante, no debía insinuar siquiera sus pensamientos. El
cliente siempre tenía razón…?
-No hay duda- replicó el doctor- de que podemos modificar el Mark V para que imprima listas de este tipo. Pero el problema de la instalación y el mantenimiento ya me preocupa más. Llegar al Tíbet en los tiempos actuales no va a ser fácil.
-Nosotros nos encargaremos de eso. Los componentes son lo bastante pequeños para poder transportarse en avión. Este es uno de los motivos de haber elegido su máquina. Si usted la puede hacer llegar a la India, nosotros proporcionaremos el transporte desde allí.
-¿Y quieren contratar a dos de nuestros ingenieros?
-Sí, para los tres meses que se supone ha de durar el proyecto.
-No dudo de que nuestra sección de personal les proporcionará las personas idóneas.- El doctor Wagner hizo una anotación en la libreta que tenía sobre la mesa- hay otras dos cuestiones… -Antes de que pudiese terminar la frase, el lama sacó una pequeña hoja de papel.
-Esto es el saldo de mi cuenta del Banco Asiático.
-Gracias. Parece ser… hum… adecuado. La segunda cuestión es tan trivial que vacilo en mencionarla… pero es sorprendente la frecuencia con que lo obvio se pasa por alto. ¿Qué fuente de energía eléctrica tiene ustedes?
-Un generador diesel que proporciona cincuenta kilovatios a ciento diez voltios.
Fue instalado hace unos cinco años y funciona muy bien. Hace la vida en el monasterio mucho más cómoda, pero, desde luego, en realidad fue instalado para proporcionar energía a los altavoces que emiten las plegarias. Desde luego – admitió el doctor Wagner-. Debía haberlo imaginado.
La vista desde el parapeto era vertiginosa, pero con el tiempo uno se acostumbra a todo. Después de tres meses, George Hanley no se impresionaba por los dos mil pies de profundidad del abismo, ni por la visión remota de los campos del valle semejantes a cuadros de un tablero de ajedrez. Estaba apoyado contra las piedras pulidas por el viento y contemplaba con displicencia las distintas montañas, cuyos nombres nunca se había preocupado de averiguar.
Aquello, pensaba George, era la cosa más loca que le había ocurrido jamás. El “Proyecto Shangri-La”, como alguien lo había bautizado en los lejanos laboratorios. Desde hacía ya semanas, el Mark V estaba produciendo acres de hojas de papel cubiertas de galimatías? Pacientemente, inexorablemente, la computadora había ido disponiendo letras en todas sus posibles combinaciones, agotando cada clase antes de empezar con la siguiente. Cuando las hojas salían de las maquinas de escribir electromáticas, los monjes las recortaban cuidadosamente y las pegaban a unos libros enormes. Una semana más y, con la ayuda del cielo, habrían terminado. George no sabía qué oscuros cálculos habían convencido a los monjes de que no necesitaban preocuparse por las palabras de diez, veinte o cien letras. Uno de sus habituales quebraderos de cabeza era que se produjese algún cambio de plan y que el gran lama (a quien ellos llamaban Sam Jaffe, aunque no se le parecía en absoluto) anunciase de pronto que el proyecto se extendería aproximadamente hasta el año 2060 de la Era Cristiana. Eran capaces de una cosa así.
George oyó que la pesada puerta de madera se cerraba de golpe con el viento al tiempo que Chuck entraba en el parapeto y se situaba a su lado. Como de costumbre, Chuck iba fumando uno de los cigarros puros que le habían hecho tan popular entre los monjes, que, al parecer, estaban completamente dispuestos a adoptar todos los menores y gran parte de los mayores placeres de la vida. Esto era una cosa a su favor: podían estar locos, pero no eran tontos. Aquellas frecuentes excursiones que realizaban a la aldea de abajo, por ejemplo…
-Escucha, George -dijo Chuck, con urgencia-. He sabido algo que puede significar un disgusto.
-¿Qué sucede? ¿No funciona bien la maquina? -ésta era la peor contingencia que George podía imaginar. Era algo que podría retrasar el regreso, y no había nada más horrible. Tal como se sentía él ahora, la simple visión de un anuncio de televisión le parecería maná caído del cielo. Por lo menos, representaría un vínculo con su tierra.
-No, no es nada de eso. -Chuck se instaló en el parapeto, lo cual era inhabitual en él, porque normalmente le daba miedo el abismo-. Acabo de descubrir cuál es el motivo de todo esto.
-¿Qué quieres decir? Yo pensaba que lo sabíamos.
-Cierto, sabíamos lo que los monjes están intentando hacer. Pero no sabíamos por qué. Es la cosa más loca…
-Eso ya lo tengo muy oído -gruñó George.
-…pero el viejo me acaba de hablar con claridad. Sabes que acude cada tarde para ver cómo van saliendo las hojas. Pues bien, esta vez parecía bastante excitado o, por lo menos, más de lo que suele estarlo normalmente. Cuando le dije que estábamos en el último ciclo me preguntó, en ese acento inglés tan fino que?5 tiene, si yo había pensado alguna vez en lo que intentaban hacer. Yo dije que me gustaría saberlo… y entonces me lo explicó.
-Sigue; voy captando.
-El caso es que ellos creen que cuando hayan hecho la lista de todos los nombres, y admiten que hay unos nueve billones, Dios habrá alcanzado su objetivo. La raza humana habrá acabado aquello para lo cual fue creada y no tendrá sentido alguno continuar. Desde luego, la idea misma es algo así como una blasfemia.
-¿Entonces que esperan que hagamos? ¿Suicidarnos?
-No hay ninguna necesidad de esto. Cuando la lista esté completa, Dios se pone en acción, acaba con todas las cosas y… ¡Listos!
-Oh, ya comprendo. Cuando terminemos nuestro trabajo, tendrá lugar el fin del mundo.
Chuck dejo escapar una risita nerviosa.
-Esto es exactamente lo que le dije a Sam. ¿Y sabes que ocurrió? Me miró de un modo muy raro, como si yo hubiese cometido alguna estupidez en la clase, y dijo:
“No se trata de nada tan trivial como eso”.
George estuvo pensando durante unos momentos.
-Esto es lo que yo llamo una visión amplia del asunto -dijo después-. ¿Pero qué supones que deberíamos hacer al respecto? No veo que ello signifique la más mínima diferencia para nosotros. Al fin y al cabo, ya sabíamos que estaban locos.
-Sí… pero ¿no te das cuenta de lo que puede pasar? Cuando la lista esté acabada y la traca final no estalle -o no ocurra lo que ellos esperan, sea lo que sea-, nos pueden culpar a nosotros del fracaso. Es nuestra máquina la que han estado usando. Esta situación no me gusta ni pizca.
-Comprendo – dijo George, lentamente-. Has dicho algo de interés. Pero ese tipo de cosas han ocurrido otras veces. Cuando yo era un chiquillo, allá en Louisiana, teníamos un predicador chiflado que una vez dijo que el fin del mundo llegaría el domingo siguiente. Centenares de personas lo creyeron y algunas hasta vendieron sus casas. Sin embargo, cuando nada sucedió, no se pusieron furiosos, como se hubiera podido esperar. Simplemente, decidieron que el predicador había cometido un error en sus cálculos y siguieron creyendo. Me parece que algunos de ellos creen todavía.
-Bueno, pero esto no es Louisiana, por si aún no te habías dado cuenta. Nosotros no somos más que dos y monjes los hay a centenares aquí. Yo les tengo aprecio;?6 y sentiré pena por el viejo Sam cuando vea su gran fracaso. Pero, de todos modos, me gustaría estar en otro sitio.
-Esto lo he estado deseando yo durante semanas. Pero no podemos hacer nada hasta que el contrato haya terminado y lleguen los transportes aéreos para llevarnos lejos. Claro que – dijo Chuck, pensativamente – siempre podríamos probar con un ligero sabotaje.
-Y un cuerno podríamos. Eso empeoraría las cosas.
Lo que yo he querido decir, no. Míralo así. Funcionando las veinticuatro horas del día, tal como lo está haciendo, la máquina terminará su trabajo dentro de cuatro días a partir de hoy. El transporte llegará dentro de una semana. Pues bien, todo lo que necesitamos hacer es encontrar algo que tenga que ser reparado cuando hagamos una revisión; algo que interrumpa el trabajo durante un par de días. Lo arreglaremos, desde luego, pero no demasiado aprisa. Si calculamos bien el tiempo, podremos estar en el aeródromo cuando el último nombre quede impreso en el registro. Para entonces ya no nos podrán coger.
-No me gusta la idea -dijo George-. Sería la primera vez que he abandonado un trabajo. Además, les haría sospechar. No, me quedare y aceptare lo que venga.
-Sigue sin gustarme -dijo, siete días más tarde, mientras los pequeños pero resistentes burritos de montaña les llevaban hacia abajo por la serpenteante carretera-. Y no pienses que huyo porque tengo miedo. Lo que pasa es que siento pena por esos infelices y no quiero estar junto a ellos cuando se den cuenta de lo tontos que han sido. Me pregunto cómo se lo va a tomar Sam.
-Es curioso -replicó Chuck-, pero cuando le dije adiós tuve la sensación de que sabía que nos marchábamos de su lado y que no le importaba porque sabía también que la máquina funcionaba bien y que el trabajo quedaría muy pronto acabado. Después de eso… claro que, para él, ya no hay ningún después… George se volvió en la silla y miró hacia atrás, sendero arriba. Era el último sitio desde donde se podía contemplar con claridad el monasterio. La silueta de los achaparrados y angulares edificios se recortaba contra el cielo crepuscular: aquí y allá se veían luces que resplandecían como las portillas del costado de un transatlántico. Luces eléctricas, desde luego, compartiendo el mismo circuito que el Mark V. ¿Cuánto tiempo lo seguirían compartiendo?, se preguntó George. ¿Destrozarían los monjes la computadora, llevados por el furor y la desesperación?
¿O se limitarían a quedarse tranquilos y empezarían de nuevo todos sus cálculos?
Sabía exactamente lo que estaba pasando en lo alto de la montaña en aquel
mismo momento. El gran lama y sus ayudantes estarían sentados, vestidos con sus túnicas de seda e inspeccionando las hojas de papel mientras los monjes
principiantes las sacaban de las maquinas de escribir y las pegaban a los grandes volúmenes. Nadie diría una palabra. El único ruido sería el incesante golpear de las letras sobre el papel, porque el Mark V era de por sí completamente silencioso mientras efectuaba sus millares de cálculos por segundo. Tres meses así, pensó George, eran ya como para subirse por las paredes.
-¡Allí esta! -gritó Chuck, señalando abajo hacia el valle-. ¿Verdad que es hermoso?
Ciertamente, lo era, pensó George. El viejo y abollado DC3 estaba en el final de la pista, como una menuda cruz de plata. Dentro de dos horas los estaría llevando hacia la libertad y la sensatez. Era algo así como saborear un licor de calidad. George dejó que el pensamiento le llenase la mente, mientras el burrito avanzaba pacientemente pendiente abajo.
La rápida noche de las alturas del Himalaya casi se les echaba encima.
Afortunadamente, el camino era muy bueno, como la mayoría de los de la región, y ellos iban equipados con linternas. No había el más ligero peligro: sólo cierta incomodidad causada por el intenso frío. El cielo estaba perfectamente despejado e iluminado por las familiares y amistosas estrellas. Por lo menos, pensó George, no habría riesgo de que el piloto no pudiese despegar a causa de las condiciones del tiempo. Esta había sido su ultima preocupación. Se puso a cantar, pero lo dejó al cabo de poco. El vasto escenario de las montañas, brillando por todas partes como fantasmas blancuzcos encapuchados, no animaba a esta expansión. De pronto, George consultó su reloj.
-Estaremos allí dentro de una hora -dijo, volviéndose hacia Chuck. Después, pensando en otra cosa, añadió-: Me pregunto si la computadora habrá terminado su trabajo. Estaba calculado para esta hora.
Chuck no contestó, así que George se volvió completamente hacia él. Pudo ver la cara de Chuck; era un ovalo blanco vuelto hacia el cielo.
-Mira – susurró Chuck; George alzó la vista hacia el espacio.
Siempre hay una última vez para todo. Arriba, sin ninguna conmoción, las estrellas se estaban apagando.
martes, 13 de mayo de 2014
UNA HABITACIÓN PEQUEÑA (William Sansom)
La hermana Margherita fue escoltada con gran ceremonia hasta el umbral de su nueva habitación, pequeña y sin ventanas, pero, una vez allí, la madre superiora y las otras monjas se disculparon y la dejaron sola con las cinco obreras asignadas para la ocasión, que de inmediato procedieron a cumplir con las tareas encomendadas.
Mientras tres de las artesanas manipulaban los largos tablones de plástico —casi parecían planchas de asbesto mezclado con cabellos y cáscaras—, las otras dos colocaban un firme enrejado de bronce delante del manómetro, que ya había sido empotrado en una de las paredes internas. Las tres mujeres atareadas con los tablones montaban una especie de guardia improvisada en el umbral, y las dos que estaban adentro podían levantar la vista de su trabajo en cualquier momento para vigilar cualquier movimiento dilatorio de Margherita.
Pero Margherita se había acomodado en silencio en el borde de la cama y parecía contenta de estar allí sentada, mirando ociosa los preparativos de su nueva habitación, una habitación que, por supuesto, nunca había visto antes.
Sin embargo, no era muy diferente de todas las otras habitaciones del convento. Las paredes, pintadas al temple, eran de color verde claro; el linóleo reluciente que revestía el piso tenía el mismo color. Había pocos muebles: solo su cama, una estructura simple y lustrosa de nogal, cubierta por una colcha de seda verde; un pequeño prie-dieu, tapizado con una tela similar; una mesa; y en un rincón una diminuta estufa eléctrica. Por lo demás, era una habitación despojada; las superficies de una limpieza inmaculada y el orden reinante eran indicios de que nadie la utilizaba. Un aire de melancolía lo envolvía todo, el mismo que aflora en el brillo mortalmente pulcro de las salas de estar de las casas en las afueras; salas pequeñas y cuidadas, que jamás reciben visitas, que día tras día esperan, cuando la luz de la tarde comienza a morir, que les llegue el susurro del polvo o que alguien deje caer un libro en su impoluta monotonía. Pero era obvio que la luz de la tarde jamás había entrado en la habitación de Margherita, porque no había ventanas por donde pudiera entrar. Solo en eso se diferenciaba de los otros cuartos, pero la diferencia bastaba y sobraba, porque el carácter de una habitación depende tanto de los ángulos bañados por la luz difusa como de cualquier otro detalle de la decoración. La nueva habitación de Margherita no tenía ventanas, entonces, pero estaba iluminada por tubos ocultos de luz eléctrica de un blanco azulado que daban una luminosidad similar a la luz de la tarde, pero incolora y proveniente de una fuente indefinida, y quizás por eso más monótona, porque su esencia misma era artificial. Esa luz iluminaba con inquebrantable severidad el ramillete de grandes margaritas blancas que la madre superiora había colocado en un florero junto al prie-dieu, como una muestra de su imparcialidad personal.
Hasta el momento, Margherita se había conducido con encomiable y serena reserva. Su actitud plácida podría haberse confundido con complacencia, pero Margherita no era en absoluto indiferente: conocía su posición y observaba los afanosos movimientos de las obreras con interés. Quizás la presencia de las otras mujeres fuera lo que le permitía mantener una actitud tranquila ante los procedimientos fatales.
Margherita estaba en vías de ser emparedada. Dentro de unos minutos, los últimos tablones serían clavados en su lugar y ella abandonada para siempre en compañía de sí misma y de su pequeña celda sin aire. Y tendría muchas horas para arrepentirse de su pecado. Había sido sentenciada por “lo habitual” —de lo cual, de hecho, había sido culpable en más de una ocasión— y lo único que le quedaba ahora era soportar el “tratamiento prescripto”. Por el momento, sin embargo, las artesanas le brindaban una vaga sensación de compañía; era difícil imaginar una vida sin gente con aquellas cinco artífices trabajando a su alrededor. Por lo demás, Margherita aceptaba como algo inevitable el proceso de su sentencia: era lo tradicional y lo usual; jamás se le habría ocurrido criticar una costumbre tan venerable y tan profundamente arraigada. Si uno espera que sucedan cosas desagradables, estas resultan más fáciles de aceptar, sobre todo si no hay que aceptarlas en el mismísimo instante siguiente.
Las tres mujeres del umbral casi habían completado la cuarta pared. Manejaban el material, que era muy liviano, con fluida destreza; empuñaban martillos y agujas sin esfuerzo, con la despreocupada confianza de un obrero acostumbrado a manipular sus herramientas. Unían entre sí los tablones, sellando cada orificio con un clavo, y además cosían con firmeza los espacios libres en la alfombra del zócalo y en el friso tapizado del cielorraso para asegurarse de que no entrara ni una gota de aire en la habitación. Cuando solo les faltaba cubrir una pequeña abertura, dejaron las herramientas y, apoyándose contra la nueva pared divisoria, se pusieron a charlar para hacer tiempo; sería imposible fijar el último tablón hasta que las otras obreras no hubieran terminado con el manómetro.
El instrumento, del cual solo podía verse el dial, ya estaba firmemente empotrado en la pared. Pero dado que cumplía la función de registrar la disminución del oxígeno en la atmósfera y que, por lo tanto, su implacable aguja le indicaría a Margherita la velocidad de aproximación del instante de asfixia, podía suceder que Margherita sintiera la tentación de destruirlo en algún momento crítico, quizás convencida de que el instrumento era el agente de la muerte y no su mentor; por estas razones, se acostumbraba colocar sobre el dial un enrejado de alambre de bronce como protección contra manos intrusas. El manómetro debía ser preservado a toda costa: era un refinamiento tradicionalmente indispensable. De lo contrario, ¿cómo asegurarse de que la persona encerrada tendría una justa apreciación de la proximidad de su muerte? ¿Cómo podría captar los pormenores de sus últimas horas? Por ejemplo, a falta del mensaje exacto del manómetro, podría sufrir un desmayo prematuro y, en consecuencia, morir antinaturalmente pronto, o el optimismo inherente a su carácter podría llevarla a menospreciar la posibilidad de la muerte y posponer así, con la fuerza de esa creencia, incluso las atrofias físicas y por lo tanto prolongar artificialmente la llegada de la muerte. En cualquier caso, el acto de morir se vería despojado de su proporción natural, y eso era contrario a la filosofía del convento. Las cosas debían tomar el rumbo previsto a cualquier costo. La estimulación artificial, los atajos, las ilusiones estaban estrictamente prohibidos: la experiencia real, según las leyes de la naturaleza, era la base primordial sobre la cual se ordenaban todos los asuntos, incluyendo el confinamiento-hasta-la-asfixia.
Por supuesto, ya se había argumentado que las ilusiones eran ilusiones según las reglas naturales —después de todo, las ilusiones como tales ocurrían dentro de la maquinaria de las mentes naturales y no ocurrían en ningún otro lugar—, pero, no obstante, las más altas autoridades en la materia habían propugnado la concepción de una norma arbitraria, a la que definieron como la experiencia real de la mayoría. Sin embargo —la queja era constante—, ¿cómo podía probarse que una mayoría cualquiera era más real que su correspondiente minoría? Las personas situadas en la escala móvil entre la carne y el espíritu eran unidades difíciles de sopesar. Sí, era cierto que podía haber más personas de una determinada clase, pero ¿era la clase correcta? ¿Cómo se evaluaba si una persona era “real”? Por ejemplo, podía haber una mayoría de unidades demasiado carnales, pero esa mayoría, si bien convincentemente numerosa, ¿podía ser también convincentemente sub-real? En un mundo siempre cambiante, entre individuos siempre cambiantes, ¿quién era real, en qué momento, ahora? Las mentes simplistas sostenían, despreocupadas, que no había cambio alguno, que el viejo mundo seguía siendo el mismo de siempre y que la naturaleza humana nunca, pero nunca, cambiaba. Y esa fue la respuesta que dieron las autoridades en la materia; en aquella etapa de la doctrina, tras haber dedicado una sonrisa de desdeñoso disgusto a sus interlocutores, enarcaron sus blancas cejas y succionaron sus descarnadas mejillas para, acto seguido, invocar ubicuas panaceas como “el sentido común” o incluso —¿implicando acaso un velado retorno conspirativo a la carne?— “el instinto común”.
Pero esos problemas no preocupaban a Margherita mientras observaba a las obreras, que, habiendo concluido por fin la tarea, se alejaron unos pasos para contemplar su trabajo con satisfacción. Miraron sonrientes a Margherita, como si desearan ser felicitadas por su habilidad manual; Margherita, por su parte, les agradeció sonriendo y asintiendo con un gesto de aprobación. Las tres conversaron sobre el manómetro durante unos minutos; después, las otras dos empezaron a dar vueltas por la habitación, pasando con incomodidad los dedos por la cama y las paredes, visiblemente ansiosas por encontrar una excusa para irse. Margherita también se sentía cada vez más incómoda en su compañía: percibía un vacío en la manera de relacionarse con ella, como si ya la hubieran abandonado. Ya no compartían un interés común. Habían agotado el único tema que les importaba a las tres, el manómetro. La atmósfera resultaba cada vez más irritante, y por eso Margherita casi se alegró cuando las otras artesanas, que aún estaban afuera, comenzaron a bostezar ruidosamente y por fin llamaron a las dos que quedaban adentro con quejas de que todavía las esperaban muchos deberes y que estaban perdiendo valiosas horas de trabajo.
Ante la oportunidad, las dos que estaban adentro dieron un respingo y se chocaron, tan apuradas estaban por despedirse de Margherita. Pocos segundos después habían desaparecido por la única abertura que quedaba en la pared. Margherita se sintió aliviada al verlas irse. Solo cuando ya estaban clavando el último tablón alzó una mano en dirección a ellas, con un leve ademán de reserva. Entonces deseó con todo su corazón que regresaran. Pero era demasiado tarde. Estaba sola.
Permaneció de pie en el centro de la habitación durante unos minutos, saboreando despacio el nuevo silencio, el silencio sin respiración, y las primeras sensaciones que le provocaba el hecho de estar completamente sola. Las cuatro paredes, el piso, el cielorraso; de hecho, seis paredes con sus ocho esquinas inmaculadas. Sus ojos recorrieron las superficies con parsimonia, una por una, y de pronto advirtieron su similitud: no había ninguna abertura, ninguna familiar puerta cerrada, ningún marco de ventana, solo las paredes lisas y continuas. Parecía imposible que existiera un lugar como ese. Tal vez hubiera una puerta a sus espaldas. Los sentidos le decían que debía de haber una puerta. Giró sobre sus talones, y quedó de cara a una pared. ¡La puerta la estaba eludiendo, se las ingeniaba para quedar siempre a sus espaldas! Pero, por mucho que girara en el lugar, la puerta era demasiado inteligente: ¡desaparecía todo el tiempo, justo a tiempo! Una vez creyó atisbarla por el rabillo del ojo, un rectángulo neblinoso a punto de desaparecer, como la sombra que una luz fuerte deja en la pupila. Varias veces fingió que iba a girar hacia a un lado y luego giró de improviso en la dirección opuesta. Incluso trató de disimular sus pensamientos, como si la omnisciente puerta pudiera leerle la mente. Pero todas y cada una de las tácticas resultaron inútiles: ¡la puerta era, de lejos, demasiado inteligente para ella!
Entonces miró los canales ocultos de donde provenía la luz… hasta le pareció posible oír el sonido de esa luz. Aguzó el oído. Sí… Un zumbido, ¡un leve ronroneo continuo! Por un instante, sus esforzados sentidos le acercaron ese zumbido compañero, pero, en cuanto se relajó un poco, el sonido se desvaneció; después de todo, ni siquiera existía; allí no había más que silencio; una luz silenciosa, inmóvil, pintada.
Se encogió de hombros. La habitación era impasible. Nada se movía, no proyectaba ningún carácter. Era despojada, pero compacta. No tenía calidez, pero tampoco era fría. No hacía eco a ningún sonido, pero tampoco consumía el sonido. Lo que ocurría en esa habitación ocurría por sí solo y sin ayuda de la habitación, contra un fondo neutro que nada proyectaba ni absorbía. Margherita fue hasta la cama y se sentó. Sus pasos golpearon en el linóleo con un sonido exacto, sin eco, sin amortiguación. Apoyó la cabeza en las manos y miró el suelo. ¿Qué otra cosa podía hacer?
Pero aquella habitación sin carácter no obstante parecía estar viva, parecía contener movimientos invisibles e inaudibles, como si su función fuera ocultar las cosas que ocurrían del otro lado de sus paredes. Irradiaba la energía impasible de la sala de espera de un cirujano, con la puerta de conexión cerrada y vigilante; era como el interior de una enorme heladera donde no había movimiento real salvo la sensación, casi perceptible, del hielo formándose del otro lado de las paredes, quizás dentro de las paredes mismas. Por supuesto que la habitación también trasmitía un presagio de fatalidad inminente, pero eso era natural, y la propia Margherita lo sentía, aunque hasta el momento no había experimentado ninguna aprensión profunda, resignada como estaba bajo el peso de la tradición inevitable. A pesar de su descomunal consecuencia, ciertas tradiciones se imponen con gracia; uno las ve venir, llegan de a poco, sin el impacto de lo súbito, como un serpenteante río de lava invasora.
Margherita se levantó de la cama y fue hacia el manómetro. El dial era bien visible detrás de su escudo de bronce; la aguja señalaba con firmeza un número, sin temblar, circundada siempre por una serie de números imperturbables que, por supuesto, no se movían. Era una guirnalda de números —algunos rojos, otros negros— inscriptos y carentes de sentido. Las unidades aumentaban de a cientos, la abundancia de letras Oy la enorme sumatoria no significaban nada para una imaginación acostumbrada a contar de a dos o de a tres. Eran cifras vacuas, incalculables. Si algo expresaban para Margherita, era solo una cantidad sin fin: tendrían que pasar miles de letras O antes de que ocurriera algo; había miles de litros de oxígeno que consumir, cientos de horas cúbicas que dejar pasar. Margherita se alejó del instrumento imposible, caminó hasta la estufa eléctrica y la encendió, sin importarle que el pequeño filamento voraz derrochara su oxígeno, sin importarle su exigua riqueza en horas.
Habían pasado muchos años desde el noviciado de Margherita, y ella ya estaba acostumbrada al confinamiento solitario. La idea de la soledad no escondía terrores para ella. Se arrodilló en el prie-dieu y dirigió una plegaria a la organización en la cual creía. Luego se levantó y volvió a la cama. Permaneció sentada allí, en contemplación. El filamento resplandeciente consumía su aire; la inmóvil y hambrienta barra bermellón la asesinaba en silencio. Pero Margherita ni siquiera pensaba en que eso aceleraría su muerte; en realidad, aún no se había dado cuenta de que iba a morir. Había pensado muchas veces en la muerte, pero nunca en la suya. Jamás había podido imaginar su propia muerte, de hecho ni siquiera lo había intentado: era una idea inconcebible. Incluso ahora no había ninguna prueba alarmante que orientara su pensamiento en esa dirección. Estaba entera, sana, bien alimentada, caliente, respiraba. Sus manos seguían siendo manos, contaban las cuentas del rosario, cada dedo era tan sensible como siempre; su cuerpo era el mismo, sentía los dolores habituales en el hombro izquierdo y una especie de calambre en la base de la espalda, también del lado izquierdo; tenía la boca agradablemente fresca, los ojos un poco cansados; era su cuerpo, tal como lo conocía y como lo sentía por dentro cada día. La idea de que su cuerpo fuera a desintegrarse sencillamente no se le pasaba por la cabeza. A pesar del voto de humildad, una confianza animal la unía a la vida; su entidad estaba viva y, dado que su función era vivir, no podía imaginarse muerta, ni tampoco era capaz de comenzar a pensar en un sentido tan negativo. Por supuesto que el ambiente que la rodeaba era sinónimo de muerte para su cerebro pensante. Pero en eso también se dejaba engañar, porque la tradición y su ceremonial habían superado su propia verdad y, por lo tanto, solo la idea era verdadera ahora.
No obstante, transcurridas unas horas, Margherita se inquietó. Había meditado, pero no había podido perderse en la meditación. La meditación era una práctica de por sí difícil, pero ahora ni siquiera podía concentrarse. Algo la distraía. ¿Tal vez algo que había en la habitación? “¿Por qué será que esta pequeña habitación me distrae tanto —pensó—, si es exactamente igual a todas las otras pequeñas habitaciones del convento?”. Pero, a diferencia de las otras, esa habitación la perturbaba. Hasta que por fin se dio cuenta: era la falta de ventanas. Pensó: “Sola en mi celda, por más absorta que esté en mis meditaciones, siempre me siento acompañada en alguna medida por la presencia de la ventana. Un cuadradito de cielo, un pequeño cuadrado de infinito”. (Pero era mucho más que eso. Por ejemplo, también estaban las pequeñas sombras que rodean todas las ventanas: la sombra justo encima del marco superior, donde la oscuridad siempre parece más profunda, y la sombra debajo del antepecho, donde realmente es más profunda, porque el suelo no refleja la luz. Las ventanas y las puertas se imprimen con profundidad en la conciencia del niño en los primeros años; son las vías de salida a regiones misteriosas, las vías de entrada por donde pueden ingresar las primeras formas del terror, las primeras imágenes del amor. Son mucho más que puertas y ventanas; son rectángulos de aventura, misterio y esperanza infinitos. Son un consuelo mental que dura para siempre; uno no debería alejarse jamás de estos hechos percibidos en los primeros momentos).
Margherita miró con mayor curiosidad el verde al temple que la rodeaba. Vio, por primera vez, el espacio cerrado sin ventanas. Las primeras sensaciones de incomodidad la perturbaron, y aunque permaneció sentada en actitud de meditación, sus ojos miraban, rápidos, hacia los costados, revelando con urgencia el blanco que rodea el iris; los ojos se movían pero la cabeza continuaba quieta. Al no poder meditar, el vacío absoluto de las horas enclaustradas se reveló en toda su magnitud. El simulacro de solaz se había derrumbado, no sabía en qué ocuparse, no tenía más recursos. La soledad descendió sobre ella y, reconcentrada en sí misma, se miró las manos vacías, monótonas, y los pies sin dirección. Pudo ver, como si estuvieran dispuestas en estratos, las horas que aún le quedaban en la pequeña habitación: una interminable escalera de horas, no descendente, como en realidad debería ser, sino ascendente. Veía la extensión de las horas, pero nunca el límite. Dado que debía experimentarlas ahora, minuto a minuto, parecían infinitas; fuera de aquella habitación, pensando en otra persona en su misma situación, habría podido ver con claridad el límite; desde una perspectiva crítica, podría haber contraído el tiempo a una duración razonable. Pero ahora que ella misma era el sujeto, las horas no tenían un final claro; hasta la vida parecía monótonamente larga.
Entonces, en forma extraña, la idea misma de que la vida era interminable aportó un final. Por “interminable” en realidad había querido decir: “de una longitud inconmensurable”. Pero en virtud de no poder medir el tedio —dotándolo por lo tanto de proporción, aunque de longitud insoportable—, ahora vislumbraba una extensión absoluta, y una extensión debe tener fin. Entonces, por primera vez, consideró la posibilidad de que la vida tuviera fin. Quizás, espantada frente a la gran escalera de las horas, comenzó a esperar el fin, y su deseo le permitió sentirlo con claridad, con tanta claridad que, si aquellas horas neblinosas realmente hubieran formado una escalera, ella podría haber visto el borde de la alfombra del último escalón, las varillas de bronce, el espacio uniforme del rellano. Pero las horas no eran de alfombra, eran una sucesión de aprensiones grises, que a veces formaban las letras de la palabra “horas”, otras veces no tenían forma sino solo peso, y entonces la hora final no podía ser vista pero sí, quizás, sentida, pero el aspecto de esa última hora todavía se le escapaba; la muerte continuaba siendo inconcebible.
No obstante… Margherita había sentido la idea de la muerte, aunque no de la propia. Podía pensar en la muerte por un lado y en ella misma por el otro y saber que esas dos ideas estaban relacionadas, aunque no pudiera captar la forma del vínculo. Y así, sentada en la cama verde, con las manos todavía cruzadas, en la pequeña habitación solitaria en donde nada se movía, ni siquiera el calor, ni siquiera la luz, en donde todo estaba absolutamente inmóvil, en donde solo se oían sus propios movimientos, y el susurro de su falda sonaba con una fatalidad exacta y solitaria, Margherita empezó a tenerse lástima. Por fin pudo decirse: “Voy a morir”. Y de una manera remota comenzó a sentirlo, y a lamentarlo, mientras las primeras lágrimas no derramadas se le agolpaban en la garganta. De pronto se sentía pequeña, ignorada, abandonada por las personas que había conocido y por el lugar que la había nutrido. ¡La habían dejado sola! A ninguna de sus hermanas le importaba su suerte, quizás hasta habían dejado de pensar en ella. Cruzó el linóleo hasta el prie-dieu e intentó, una vez más, rezar. Pero todo el tiempo pensaba: “Voy a morir”.
Durante sus plegarias sintió el peso de la muerte. “Esta persona, este ‘yo’ que soy yo, estas manos y estos recuerdos y estos deseos íntimos y estos amargos disgustos que me son tan familiares, esta sombra precisa que subyace a mis pensamientos, todo esto va a morir. Dejará de ser. No quedará nada de todo esto”. Entonces pensó las siguientes palabras, a medias inmersa en la plegaria: “No puede ser”. Y luego: “¿Pero qué hay de Dios? ¿Dónde estará Dios cuando este ‘yo’ cese de rezar aquí, debajo de Él? Yo lo siento en mi plegaria, y es en mi pensamiento donde Él adquiere forma. Entonces, ¿qué pasará cuando ‘yo’ ya no esté para sentirlo…?”.
Muchas horas más tarde se persignó y se levantó. Tenía la mente embotada, el aire se había vuelto confuso y denso ante sus ojos. ¿Tal vez un vaso de agua? Fue hasta la cama a buscar la jarra. Había un poco de pan, ¿pero dónde…? Se habían olvidado de dejarle una jarra de agua. ¡Eso sí que estaba mal! ¡Pensar que habían olvidado un detalle tan vital de la ceremonia! Esa conducta tan despreocupada menoscababa el sentido de la ceremonia. ¿Pero la ceremonia sería en realidad tan importante como siempre había creído? Tal vez sus hermanas habían pensado que no valía la pena consagrar sus energías a la ceremonia, quizás estuvieran impacientes por hacer otras cosas. Incluso era probable que en aquel mismo momento una de ellas —quizás la mismísima madre superiora— hubiera recordado la jarra e ido a preguntarle en persona a una de las artesanas; no obstante, aun cuando la artesana hubiera dicho la verdad, cosa bastante dudosa dadas las circunstancias, era probable que la madre superiora se hubiera olvidado por completo de la jarra en la primera oportunidad. Estaba claro que sus compañeras de otrora ya no tenían el menor interés en ella, que sus pensamientos habían pasado tranquilamente a otras cuestiones. Ella, Margherita, era asunto terminado. Incluso habían apresurado la ceremonia que le pondría fin y olvidado un detalle tan importante como el agua, y eso demostraba que la habían olvidado incluso antes de abandonar la pequeña habitación. ¡Cuán desconsideradas eran sus hermanas, y cuán traicionero su afecto!
Margherita lamentaba en lo más profundo la desatención. Ahora que a todas luces era evidente que la ceremonia no tenía importancia, parecía igualmente poco importante que ella fuera a morir. Ahora parecía ser un error, un sinsentido. Todos sus esfuerzos serían vanos, moriría sin ser vista, sin ser oída, sin ser sentida, incluso sin ser recordada. Desesperanzada, alzó el florero lleno de margaritas y bebió el agua amarga y amarillenta que había entre los tallos, y varios de ellos le cayeron, desprolijos, sobre la cara mientras bebía.
Volvió a poner el florero en su lugar; sus ojos recordaron el manómetro. Caminó hasta el instrumento zapateando apurada sobre el linóleo y espió a través del escudo de bronce.
Se quedó sin aliento: por la sorpresa, por el impacto, por el miedo y, por primera vez, por la falta de aire. ¡La aguja del manómetro estaba a solo diez unidades de las estrellas azules de la marca de peligro! Sin hacer ningún sonido, sin inútiles demostraciones, sin un solo titubeo, lentamente había seguido su curso inexorable, dejando atrás las unidades con su despiadada aguja de acero. “¡Si por lo menos vibrara!”, pensó Margherita.
—Pero es firme, tiene la misma firmeza de las agujas de esos relojes eléctricos. No las vemos moverse —susurró con voz entrecortada; las palabras se iban revelando temerosas—, pero se mueven; podemos sentir que el tiempo se acorta, pero no podemos ver cómo se acorta de un minuto a otro, porque en cuanto captamos el minuto, ya se ha ido, la aguja ya ha avanzado unos segundos más.
Se llevó los dedos a la cara para tantear sus rasgos, como si necesitara reasegurarse de su forma.
—¿Y qué ocurre? ¿Aumenta la velocidad? ¿Todavía de manera imperceptible pero, no obstante, aumenta? ¿La presión aumenta a una velocidad exacerbada?
Cuando retiró la mano de su cara, estaba húmeda, tan húmeda como si hubiera tocado el vidrio de una ventana mojado por la lluvia. Sintió que le faltaba el aire. Entonces, tratando de concentrarse, comenzó a tomar largas inspiraciones y a hacer una pausa entre una y otra con los pulmones vacíos. Parecía estar respirando peso, no aire. Respirar ese peso era muy difícil, demandaba un gran esfuerzo; la falta de aire la hacía transpirar. De pronto, repentinamente ágil, como un gato que despierta de un salto en mitad del sueño, alargó los brazos y tironeó del cable de la estufa eléctrica; el enchufe se desprendió y rodó sobre el linóleo con un ruido hueco. ¡Cómo se le había ocurrido permitir que ese artefacto devorara sus preciosos minutos de oxígeno! Miró el enchufe, jadeante, con los nudillos cada vez más blancos por la presión de apretar y aflojar los puños.
¿Por qué había atacado el cable de la estufa con semejante salvajismo? ¿Acaso porque el aire de la pequeña habitación era cada vez más caliente, más incómodo y caliente? ¿Porque el avance de la aguja la había obligado a subir de golpe su escalera de horas, y la repentina proximidad del fin la inundaba de un deseo igual de repentino de vivir? Nunca antes había sentido ese deseo. En aquellas horas interminables, la muerte le había parecido remota; inevitable, sí, pero remota. Ahora estaba peligrosamente cerca. Miró en todas direcciones, moviendo la cabeza con lentitud a causa del calor, pero con el pensamiento veloz. A toda costa anhelaba encontrar una manera de prolongar las horas que antes había deseado acortar. Pero las horas inmisericordes ahora le comprimían los oídos, le pesaban sobre los ojos en el aire opresivo, un aire que se adelgazaba y al mismo tiempo se tornaba más espeso. Sus ojos finalmente regresaron a la aguja del manómetro, que incluso en aquel corto lapso había avanzado dos unidades más.
Con el deseo de vivir comenzó a asomar el arrepentimiento. Ya no sentía lástima de sí misma porque la habían abandonado. Ahora anhelaba con todas sus fuerzas recuperar lo que podría haber sido. Su arrepentimiento consumía el pasado: “¡Y pensar en todo lo que podría haber hecho, con tanto tiempo por delante!”. La sensación de tornarse físicamente más pequeña que había caracterizado su ánimo lastimero revertía ahora en arrepentimiento positivo. Llevada por el pensamiento, se sentía cada vez más grande, su mente arremetía, apelaba a todos los recursos posibles, parecía aumentar de tamaño con la fuerza del ataque. ¡Tanto tiempo desperdiciado, tantas oportunidades perdidas, tantos esfuerzos no concretados! Ahora, a medida que los segundos iban extinguiéndose, veía su pasado como un bloque de tiempo cuyos minutos, todos y cada uno, deberían haber sido utilizados con eficiencia intachable. Solo podía imaginar una energía inagotable que había sido derrochada en forma voluntaria; olvidaba la necesidad del descanso, del desorden, del letargo, de la melancolía, de la digresión, todas las tendencias negativas a través de las cuales, en lucha no complementaria, existen las energías positivas. No, en el cerebro sudoroso, jadeante y como lleno de plomo de Margherita solo retumbaba el unilateral arrepentimiento de no haber usado más y mejor los minutos de su vida. Podría haber hecho esto, podría haber hecho aquello, podría haber plantado aquella avenida de limoneros, podría haber apoyado esta obra de caridad, podría haber continuado con su diario íntimo, podría haberse ocupado de reequipar la lechería, podría, en la cima de una montaña, un cierto amanecer, haber apreciado más plenamente el mensaje del cielo iridiscente, y podría haber ejercitado sus sentidos para poder luego recrear una y otra vez ese amanecer, podría haber multiplicado a su amante por muchos amantes, o podría haberlo desdeñado, encarcelándose dentro de un caparazón de virtud construido con impecable e incansable afán. Fuera lo que fuese, lo único cierto era que lo había dejado sin hacer. Por mucho que hubiera hecho, siempre podría haber hecho más. Por mucho que hubiera visto, siempre podría haber sentido más hondamente. Por mucho que hubiera sentido, siempre podría haber profundizado y conservado mejor sus sentimientos.
Se levantó una vez más, y la cama crujió; los encastres de la estructura de madera parecían quejarse bajo una presión invisible. Volvió a arrastrar los zapatos por el linóleo hasta alcanzar el manómetro. Los pies le pesaban muchísimo; cada cosa que hacía, la hacía bajo un gran peso. Se le vencía la cabeza. Se había trasladado muchas veces desde la cama hasta el manómetro. Y cada vez, aunque sus pasos eran más lentos, al ver que la aguja se acercaba, e incluso a pesar del creciente deseo de acostarse y dormir que la invadía, su deseo de vivir aumentaba. Mirando el dial a través de la reja de bronce, vio que la aguja se cernía, con tanta firmeza como la sombra del sol, sobre la segunda unidad ubicada debajo de las estrellas azules.
Sofocada, con los hombros flojos, sacó el prie-dieu de su lugar y lo arrastró hasta el manómetro. Se arrodilló bajo el dial y se quedó mirándolo, inmóvil; ya no se atrevía a quitarle la vista de encima. ¿Y si la aguja saltaba de golpe hacia adelante? Si Margherita la miraba fijo, podría anticipar el movimiento y conocer íntimamente la velocidad de su agonía.
A medida que el oxígeno disminuía y la presión era cada vez más intensa, a medida que el tiempo se acortaba y las estrellas azules se acercaban, a medida que las unidades aceleraban su marcha y el anhelo de vivir de Margherita, igualmente veloz, luchaba por desacelerarla, la pena por el pasado se transformó en un arrepentimiento viril por el futuro. Vagas imágenes de temas que hasta entonces no habían despertado su interés de pronto la cautivaron: la construcción de una nueva ala en el lado sur de la antigua fortaleza conventual —¡era espantoso saber que nunca jamás llegaría a verla!—; la instalación de un lavarropas eléctrico… tarde o temprano eso ocurriría, y ocurrirían muchos otros cambios, pero ella, la difunta Margherita, nunca jamás podría verlos… Aferró los costados del prie-dieuy, mirando a través del escudo de bronce, pensó en los problemas de la doctrina, de la conducta, de la plegaria, problemas que ya nunca podría resolver. Pensó con creciente envidia en las grandes bondades de la vida, en las cáscaras de las frutas maduras en otoño, en la capa de hielo que tapizaba los caminos en febrero, en las corrientes de aire en invierno, en las enormes hojas oscuras que matizaban el verdor de los árboles en mitad del verano, y sobre todo en los cielos que acompañaban las estaciones, los cielos que siempre había mirado en busca de consuelo, miles de cosas buenas que jamás volvería a ver ni a sentir. Nunca volvería a verlas. Ya no había esperanza. No obstante, ¡seguía pareciéndole inconcebible que no hubiera ninguna esperanza! La esperanza le corría por las venas. Pero el renovado peso de la razón subyugaba cruelmente sus sentidos, aplastando toda esperanza. Empezó a tironear de los delgados alambres de bronce del escudo con sus pálidas uñas bien limpias. Una uña se abrió paso, deslizándose entre los alambres como un gusano, y quedó apuntando directo hacia la aguja, oliéndola, sin poder tocarla. Su boca empezó a farfullar; tenía los labios flojos y entreabiertos, babeaba.
¿Cuántas horas había soportado en esa habitación? ¿Cien? ¿Tal vez días? No había manera de calcularlas. La última hora de todas cayó, pesada como el plomo, sobre su cuello inclinado; Margherita se deslizó del prie-dieu al suelo. Su dedo todavía señalaba el manómetro, pero ya sin fuerzas. El velo cayó a un costado, y reveló la tonsura monjil lisa como un huevo de hormiga. El intolerable peso del sueño la arrastraba, le cerraba los párpados, obturaba los labios inflamados y sin aliento, le aflojaba los músculos de las mejillas cada vez más azules. Se olvidó del futuro.
Sus ojos solo añoraban una prueba del presente, la visión del vuelo de un pájaro, el color de una flor, la presión de los brazos de su hombre, el sabor de una fruta. ¡Qué intenso habría sido ese sabor! Abrió los labios y dejó asomar una lengua hinchada, cada vez más gruesa, y lamió con suavidad el aire.
La visión del sabor de la fruta se desvaneció, tal como se habían desvanecido, en perfecto orden, el deseo del futuro, el arrepentimiento por el pasado, la imposibilidad inicial de creer en la muerte, y entonces, por fin, como una nadadora en aguas demasiado profundas, empezó a luchar, ya sin la parte racional del cerebro, como un animal, sin capacidad de reflexión pero con capacidad de moverse, guiándose tan solo por instinto. La cabeza desnuda se sacudía de un lado a otro, los brazos trazaban lentos movimientos de rana que se debilitaban con cada embestida. Poco después, dejaron de moverse.
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